Dos mil colores

Me gusta la luz azulada que entra por la ventana de mi cuarto las noches de luna llena; contrasta con el naranja de las farolas y la tierra seca como una piedra preciosa entre cantos rodados.

A la hora en que me acuesto, atraviesa mi ventana y cae directamente sobre mi almohada. No sé durante cuánto tiempo me ilumina -cuando echamos un duelo siempre pierdo yo-, pero creo que está empezando a afectar a mis neuronas…

(A la mañana siguiente estaba hasta el moño. Hasta el moño de las prisas para llegar tarde siempre a ningún sitio. Hasta el moño de sudar por la tarde lo que ha tiritado esa mañana. De tener que pulsar siempre tres veces el mismo botón. De las oraciones pasivas. De los niños mohínos con sonrisas digitales. De las cocinas sin sal (ni salero). De la cara tensa sin necesidad de muecas. De las hijas tristes. De las que siempre les duele algo. Del mi sostenido. De las penas de los otros. De sus penas reincidentes. De las ventanas cerradas… y de las carreteras tan rectas que las curvas son sólo rotondas. Así que decidió despeinarse hasta que no quedara nada de moño y rebuscó en el fondo del armario para encontrar algo con lo que vestirse esa mañana de optimismo.

No había nada. ¿¿Se lo habrían comido las polillas??

Y el resultado fueron dos mil colores que no combinaban ni a la de tres, pero que a ella le hacían gracia, lo cual era un buen principio.)

¿Lunática? Habrá que esperar al mes que viene.

What will be (Allo Darlin\’)

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