Mi sombra y yo

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Empecé a atar cabos a la vez que empecé a tener uso de razón. ¿Por qué mi sombra no se dobla al subir las escaleras? Y me quedaba siempre embobada al mirar la sombra de los demás; el sinuoso movimiento que proyectaban sus cuerpos al subir los escalones, doblándose como si fueran serpientes, mientras que mi sombra ascendía (y asciende) siempre erecta y rígida, desafiando el desnivel sin nada de gracia (o por lo menos a mí no me la hacía).
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¿Por qué mi sombra no se dobla al subir las escaleras?
No han sido pocos los momentos en que me ha asaltado esta cuestión. Se lo he preguntado a muchos dueños de las sombras que, alguna vez, han subido escaleras conmigo (¿Por qué mi sombra no se dobla y la tuya sí? ¡Mira, no se dobla! ¿¡Que no!? ¡Que sí, fíjate bien, hombre! Mira la cabeza… ¿Lo ves?, no se dobla), pero todos me han contestado siempre lo mismo, o sea, nada. Eso sí, una nada precedida por una mirada de extrañeza o, lo que era aún peor, una sonrisa de connivencia, que parecía decir: “¡Anda, qué tonterías dices!” -en cualquiera de sus versiones según la edad a la que hiciera la pregunta-, sin entender para nada la angustia vital que sentía yo en ese momento. ¡¡Mi sombra no se dobla!!
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He llegado incluso a contorsionarme mientras subía las escaleras para forzarla a doblarse como las demás y poder respirar tranquila, por lo menos, en lo referente a esta cuestión; sobra decir que lo único que he logrado en estos casos es que las miradas pasaran de la extrañeza a la estupefacción en menos de un segundo, así que he archivado el asunto junto con el resto de expedientes X que colecciono.
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Sin embargo, aunque imagino que será un efecto óptico, todavía hoy me inquieta este fenómeno, y no puedo evitar mirar de soslayo la sombra de quien sube conmigo unas escaleras cuando el sol está detrás. Y, todavía hoy, a veces se me escapa la misma pregunta, pero sigo obteniendo la misma nada por respuesta.
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¿Por qué mi sombra no se dobla al subir las escaleras?
La pregunta ya no me produce ninguna angustia (¿o tal vez sí?). Me he dejado por imposible (o no hay dios que deshaga este nudo para poder atar, finalmente, este cabo).
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