Un ¿amante? inoportuno (o se me va la olla)

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Anoche cuando me fui a dormir presentí que no estaba sola, y tampoco estaba equivocada. Allí me esperabas, al otro lado de la ventana, observándome con detenimiento… y alevosía.
Mientras me desvestía, no pude evitar sentir un pudor al que, entonces, no pude poner nombre; no obstante, me desnudé arropada por esa orfandad y me recosté mirando al techo, a la espera de un sueño que estaba esperando desde por la mañana.
Aunque hiciera calor y fuera verano, no pude evitar taparme, como si, con ello, pudiera leer el presagio de lo que estaba por venir entre los pliegues de la sábana que inútilmente me tapaba.
Como un vampiro que ha sido invitado a entrar, atravesaste mi ventana y te metiste en mi cama, justo en ese momento en el que yo me encontraba viajando hacia el otro lado. Sabías lo que estabas haciendo; eres un experto en pasar sin hacer ruido.
Y, con la paciencia de un depredador al acecho de su presa, supiste esperar para ver la señal que indicara el momento apropiado. No sé si es el ritmo de mi respiración, mi temperatura corporal, mi olor o el dióxido de carbono que expelo al respirar, pero sabes reconocerla perfectamente y nunca te equivocas; parece que hubieras nacido para ello.
Así que, llegado el momento, te metiste bajo mis sábanas sin hacer ruido y comenzaste a explorar mi cuerpo indefenso ya de sentidos. Lo recorriste de arriba abajo, con premeditación, como un estudiante de dibujo que observa cada detalle del modelo que va a representar sobre un lienzo en blanco, o como un forense que va a examinar un cadáver que no se puede levantar, así que tiene todo el tiempo del mundo para abordarlo.
Y con la precisión de un cirujano, te detuviste justo en los puntos donde querías, en mis débiles; aquéllos que más te gustan, o los que me hacen recordarte a la mañana siguiente y no olvidarte durante algún tiempo.
Una parte de esa noche mi piel fue toda tuya. Mi piel y mi sangre. Y, de nuevo, como un vampiro, te alimentaste de mí y me dejaste tus huellas. Me robaste mi sueño… Ahí es donde cometiste el descuido.
Por eso tuve que matarte.
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¡No soporto que me zumben en los oídos!
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(No me has dejado dormir. Y es cierto que, esta mañana, te recuerdo todavía. Pero he acabado contigo, ¡putomosquitodeloscojones!)
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