Archivo para agosto, 2011

El final del verano

Posted in Uncategorized on 31/08/2011 by la7columna

Se acaba el verano y, con él, los sueños que no fueron más que eso, la vela cuya llama nos alumbró en las estrelladas noches de insomnio.

Se acaba el verano y se lleva con él el tiempo, el sol, el agua y la brisa. Tiene ya preparadas las maletas y, cuando menos lo esperemos, nos habrá abandonado hasta el verano que viene, pero, entonces, el equipaje que traiga será otro, nunca más éste.

El verano se acaba y nos deja una ausencia que hará más crudo el frío invierno. Y a ella… a ella sólo puedo desearle que, esté donde esté, brille siempre el sol, que tanto le gustaba, y le dé paz (porque eso de descansar como que no iba con ella).

Buen viaje, suegra.

Mi sombra y yo

Posted in Uncategorized on 18/08/2011 by la7columna
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Empecé a atar cabos a la vez que empecé a tener uso de razón. ¿Por qué mi sombra no se dobla al subir las escaleras? Y me quedaba siempre embobada al mirar la sombra de los demás; el sinuoso movimiento que proyectaban sus cuerpos al subir los escalones, doblándose como si fueran serpientes, mientras que mi sombra ascendía (y asciende) siempre erecta y rígida, desafiando el desnivel sin nada de gracia (o por lo menos a mí no me la hacía).
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¿Por qué mi sombra no se dobla al subir las escaleras?
No han sido pocos los momentos en que me ha asaltado esta cuestión. Se lo he preguntado a muchos dueños de las sombras que, alguna vez, han subido escaleras conmigo (¿Por qué mi sombra no se dobla y la tuya sí? ¡Mira, no se dobla! ¿¡Que no!? ¡Que sí, fíjate bien, hombre! Mira la cabeza… ¿Lo ves?, no se dobla), pero todos me han contestado siempre lo mismo, o sea, nada. Eso sí, una nada precedida por una mirada de extrañeza o, lo que era aún peor, una sonrisa de connivencia, que parecía decir: “¡Anda, qué tonterías dices!” -en cualquiera de sus versiones según la edad a la que hiciera la pregunta-, sin entender para nada la angustia vital que sentía yo en ese momento. ¡¡Mi sombra no se dobla!!
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He llegado incluso a contorsionarme mientras subía las escaleras para forzarla a doblarse como las demás y poder respirar tranquila, por lo menos, en lo referente a esta cuestión; sobra decir que lo único que he logrado en estos casos es que las miradas pasaran de la extrañeza a la estupefacción en menos de un segundo, así que he archivado el asunto junto con el resto de expedientes X que colecciono.
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Sin embargo, aunque imagino que será un efecto óptico, todavía hoy me inquieta este fenómeno, y no puedo evitar mirar de soslayo la sombra de quien sube conmigo unas escaleras cuando el sol está detrás. Y, todavía hoy, a veces se me escapa la misma pregunta, pero sigo obteniendo la misma nada por respuesta.
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¿Por qué mi sombra no se dobla al subir las escaleras?
La pregunta ya no me produce ninguna angustia (¿o tal vez sí?). Me he dejado por imposible (o no hay dios que deshaga este nudo para poder atar, finalmente, este cabo).
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Un ¿amante? inoportuno (o se me va la olla)

Posted in Uncategorized on 09/08/2011 by la7columna
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Anoche cuando me fui a dormir presentí que no estaba sola, y tampoco estaba equivocada. Allí me esperabas, al otro lado de la ventana, observándome con detenimiento… y alevosía.
Mientras me desvestía, no pude evitar sentir un pudor al que, entonces, no pude poner nombre; no obstante, me desnudé arropada por esa orfandad y me recosté mirando al techo, a la espera de un sueño que estaba esperando desde por la mañana.
Aunque hiciera calor y fuera verano, no pude evitar taparme, como si, con ello, pudiera leer el presagio de lo que estaba por venir entre los pliegues de la sábana que inútilmente me tapaba.
Como un vampiro que ha sido invitado a entrar, atravesaste mi ventana y te metiste en mi cama, justo en ese momento en el que yo me encontraba viajando hacia el otro lado. Sabías lo que estabas haciendo; eres un experto en pasar sin hacer ruido.
Y, con la paciencia de un depredador al acecho de su presa, supiste esperar para ver la señal que indicara el momento apropiado. No sé si es el ritmo de mi respiración, mi temperatura corporal, mi olor o el dióxido de carbono que expelo al respirar, pero sabes reconocerla perfectamente y nunca te equivocas; parece que hubieras nacido para ello.
Así que, llegado el momento, te metiste bajo mis sábanas sin hacer ruido y comenzaste a explorar mi cuerpo indefenso ya de sentidos. Lo recorriste de arriba abajo, con premeditación, como un estudiante de dibujo que observa cada detalle del modelo que va a representar sobre un lienzo en blanco, o como un forense que va a examinar un cadáver que no se puede levantar, así que tiene todo el tiempo del mundo para abordarlo.
Y con la precisión de un cirujano, te detuviste justo en los puntos donde querías, en mis débiles; aquéllos que más te gustan, o los que me hacen recordarte a la mañana siguiente y no olvidarte durante algún tiempo.
Una parte de esa noche mi piel fue toda tuya. Mi piel y mi sangre. Y, de nuevo, como un vampiro, te alimentaste de mí y me dejaste tus huellas. Me robaste mi sueño… Ahí es donde cometiste el descuido.
Por eso tuve que matarte.
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¡No soporto que me zumben en los oídos!
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(No me has dejado dormir. Y es cierto que, esta mañana, te recuerdo todavía. Pero he acabado contigo, ¡putomosquitodeloscojones!)
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Silencio, por favor

Posted in Uncategorized on 05/08/2011 by la7columna

El problema de no saber a qué suena el silencio es que, cuando eso pasa, cualquier otro sonido se convierte en estridente, pues interrumpe el proceso natural en todo ser humano de no olvidar (o tener que recordar, si es el caso) que el silencio tiene un sonido propio.

Shhh. Silencio.

Me refiero al silencio lúcido, el diurno. Aquél que te acompaña por dentro entre sonidos de fuera que no reclaman tu atención.

El que te permite posicionarte en el mundo y escucharte sin interferencias.

El que notas que te falta cuando todo lo demás se convierte en ruido, cuando lo buscas desesperadamente porque, desesperadamente, lo necesitas y no te conformas con el que cabe en un sólo segundo intermitente, aunque sea todo y nada a la vez (… ¿ya?).

El que te permite callar y callar(te), o la música que amansa a tus fieras.

¿A qué sonaba el silencio?

Shhh.

(Se ruega silencio, por favor.)

Enjoy the silence (versión de Susanna and the magical orchestra)