La chica del paraguas rojo

Desde el primer momento en que te vi supe que venías de otra parte.

Esa mañana gris y lluviosa de domingo, con tu paraguas rojo y subida en un banco de la plaza, saltabas una y otra vez mirando al cielo…

Después me dijiste que pensabas que, si lo deseabas con la fuerza suficiente, podrías salir volando. Eras una chiquilla y a mí me pareció algo gracioso; lo que no sabía entonces es que estabas convencida de ello. Ésa fue tu primera decepción, que yo recuerde.

Aun así volaste, ¡vaya que si volaste! Volaste a lomos de las metáforas que inventabas, asida con fuerza a las crines de tus sueños, que te llevaban a mundos vetados a los demás mortales bajo el embrujo de tu paraguas rojo.

Mientras, yo aprendí a adivinarlo en tu mirada. Tú no lo sabes, pero sé leer en tus gestos porque se te transparenta el alma; la llevas escrita en braille en cada poro de tu piel, así que basta con mirar con los ojos de dentro (si los encuentras y sabes usarlos).

Volabas de muchas maneras, y a mí me maravillaba siempre verte. No sólo verte; en el fondo del alma que yo también tengo, deseaba con todas mis fuerzas viajar contigo. Pero yo era mortal y no podías contagiarme; me habían vacunado gratis en el sistema estatal de salud y tú jamás cogiste un resfriado, por lo menos de los de mocos.

Te recuerdo muy bien el día en que se te acercó aquel perro y ambos decidisteis ser amigos. Donde yo veía a un perro vagabundo, tú encontraste un nuevo amigo. Lo mejor de todo es que así fue; durante un rato, ese perro y tú fuisteis amigos.

Sin embargo, fue inevitable que la gente empezara a murmurar a tu paso. No es fácil encontrar los ojos de dentro y aprender a usarlos si te han vacunado en el sistema estatal de salud, y los ojos de fuera no pueden ver tu alma tatuada, sólo la estridencia que produce lo esencial por diferente, aunque en realidad no lo sea y esté tan sólo olvidado.

Con la edad, aunque ya habías descubierto que no podías volar «literalmente», quisiste mantener contigo la capacidad para sentir la magia y no te desprendiste nunca de tu paraguas rojo (aunque a veces creías que lo habías perdido, y, la verdad, no me extraña, siempre fuiste un poco despistada). Así, pudiste seguir volando, aunque tus mundos estuvieran cada vez más lejos para poder andar aquí en la Tierra.

La mañana en que te vi esos tres diminutos puntos de color morado en la mejilla izquierda, supe que te estaba perdiendo (bueno, realmente, creo que lo supe desde la primera vez que te vi, aunque no quería escucharlo).

Me acuerdo que me pediste que te llevara al sistema estatal de salud; querías que te vacunaran. ¿Lo recuerdas? Los puntos se extendían cada vez más y empezaban a dolerte. Así no podías volar y tus días se llenaban de tristeza.

Te enfadaste conmigo cuando te dije que no. ¡Egoísta!, me llamaste con lágrimas que desteñían mientras resbalaban por tus mejillas. Y a mí se me partió el alma, porque sabía que así te estaba salvando pero yo te perdía para siempre…

Menos mal que te llevaste una mitad y, aunque ya no te pueda ver, de vez en cuando todavía te siento. Cojo menos resfriados en el invierno y, cuando consigo maravillarme con una puesta de sol, o mirar a los ojos a un perro vagabundo, siempre me parece ver la sombra de tu paraguas al fondo del firmamento…

La vie en rose

Una respuesta to “La chica del paraguas rojo”

  1. Anónimo Says:

    Gracias… fue hermoso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: