Indigestión

Tenía tanta hambre que un día acabó devorándose a sí misma. Sin embargo, algo debió de sentarle mal, pues tardó mucho en digerirse y pasó toda la tarde repitiéndose. Al final, unos agudos retortijones comenzaron en la base del diafragma y se fueron extendiendo, como los rayos de una tormenta eléctrica, por toda la zona del bajo vientre.

¿Me habré envenenado? ¿Estaré caducada?, se preguntaba cada vez que sus tripas le recordaban que así no se come. No, si ya me lo decía mi madre, ¡hiiiija, respira, que te va a dar algo! (Pero una, para variar, nunca hace caso a tiempo de los sabios consejos maternos).

Pasó la tarde acordándose de su madre y sin saber cómo ponerse para mitigar el dolor de tripa. ¿Quién me madaría saltarme las clases de preparación al parto? Con lo bien que me vendría ahora no haber ido de divina-natural, sino de divina-premamá, y haber aprendido a hacer esos ¿estúpidos? ejercicios de respiración, aunque hubiese tenido que poner cara de idiota mientras me acariciaba el bombo y me sentía el ombligo del mundo… Así que la pesada (in)digestión le impidió disfrutar de ese día de invierno disfrazado de primavera.

A veces como una boa, y otras como el jorobado de Notre Dame, se iba arrastrando por todos los rincones de la casa, jadeando, resollando, tratando que pasara de una vez loquefueraquelehabíasentadomaldesímisma… ¡Asco de hambre voraz! No puede ser nada bueno tener tanta hambre y la nevera del alma vacía. ¿Por qué me habré comido con tanta ansia?, o mejor dicho, ¿por qué me habré comido? A lo mejor esto es como lo de las vacas locas, esas que alimentaron con pienso de origen animal y mira cómo acabaron; a lo mejor una no puede comerse a sí misma… Diosss, ¡soy una vaca loca, enferma del siglo XXI!…

Mientras pensaba en ello tratando de encontrar una respuesta que aliviara su dolor aparecieron las náuseas. No le dio tiempo a llegar al cuarto de baño y, en mitad del pasillo (recién fregado, por cierto), comenzó a vomitar(se).

Si vomitar es un acto reflejo bastante trabajoso, no es difícil imaginar lo que puede llegar a suponer la involuntariedad de vomitarse a una misma; mejor, me ahorro los detalles.

Cuando hubo terminado, exhausta, temblando, y con sudores fríos que desdibujaban el límite de su propio cuerpo, vio que allí estaba el germen de su indigestión. El suelo estaba lleno de pequeños trozos de ego desperdigados por el suelo y tropezones de sueños de color naranja estampados contra las paredes. ¡Qué suerte! —pensó—, así podré recuperar-me, aprovechar-me, completar-me, y volver a ser yo otra vez —olvidando que los jugos gástricos la habían transformado y jamás podría volver a ser la que era incluso mucho antes de haberse devorado.

Se detuvo a observarlos(se), como si fueran runas capaces de desvelarle los misterios de un presente incompleto, de un futuro incierto, pero ahí yacían, estáticos, mudos, incapaces de revelarle un solo secreto…

(Así que acabó el día con la fregona en la mano, por segunda vez, mientras el día se quitaba ese bonito disfraz de primavera y se mostraba inhóspito como sólo el invierno y una indigestión de sueños pueden llegar a ser.)

Bird on the wire

Una respuesta to “Indigestión”

  1. Anónimo Says:

    muy buena su explicacion

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