Archivo para abril, 2011

La chica del paraguas rojo

Posted in Uncategorized on 15/04/2011 by la7columna

Desde el primer momento en que te vi supe que venías de otra parte.

Esa mañana gris y lluviosa de domingo, con tu paraguas rojo y subida en un banco de la plaza, saltabas una y otra vez mirando al cielo…

Después me dijiste que pensabas que, si lo deseabas con la fuerza suficiente, podrías salir volando. Eras una chiquilla y a mí me pareció algo gracioso; lo que no sabía entonces es que estabas convencida de ello. Ésa fue tu primera decepción, que yo recuerde.

Aun así volaste, ¡vaya que si volaste! Volaste a lomos de las metáforas que inventabas, asida con fuerza a las crines de tus sueños, que te llevaban a mundos vetados a los demás mortales bajo el embrujo de tu paraguas rojo.

Mientras, yo aprendí a adivinarlo en tu mirada. Tú no lo sabes, pero sé leer en tus gestos porque se te transparenta el alma; la llevas escrita en braille en cada poro de tu piel, así que basta con mirar con los ojos de dentro (si los encuentras y sabes usarlos).

Volabas de muchas maneras, y a mí me maravillaba siempre verte. No sólo verte; en el fondo del alma que yo también tengo, deseaba con todas mis fuerzas viajar contigo. Pero yo era mortal y no podías contagiarme; me habían vacunado gratis en el sistema estatal de salud y tú jamás cogiste un resfriado, por lo menos de los de mocos.

Te recuerdo muy bien el día en que se te acercó aquel perro y ambos decidisteis ser amigos. Donde yo veía a un perro vagabundo, tú encontraste un nuevo amigo. Lo mejor de todo es que así fue; durante un rato, ese perro y tú fuisteis amigos.

Sin embargo, fue inevitable que la gente empezara a murmurar a tu paso. No es fácil encontrar los ojos de dentro y aprender a usarlos si te han vacunado en el sistema estatal de salud, y los ojos de fuera no pueden ver tu alma tatuada, sólo la estridencia que produce lo esencial por diferente, aunque en realidad no lo sea y esté tan sólo olvidado.

Con la edad, aunque ya habías descubierto que no podías volar «literalmente», quisiste mantener contigo la capacidad para sentir la magia y no te desprendiste nunca de tu paraguas rojo (aunque a veces creías que lo habías perdido, y, la verdad, no me extraña, siempre fuiste un poco despistada). Así, pudiste seguir volando, aunque tus mundos estuvieran cada vez más lejos para poder andar aquí en la Tierra.

La mañana en que te vi esos tres diminutos puntos de color morado en la mejilla izquierda, supe que te estaba perdiendo (bueno, realmente, creo que lo supe desde la primera vez que te vi, aunque no quería escucharlo).

Me acuerdo que me pediste que te llevara al sistema estatal de salud; querías que te vacunaran. ¿Lo recuerdas? Los puntos se extendían cada vez más y empezaban a dolerte. Así no podías volar y tus días se llenaban de tristeza.

Te enfadaste conmigo cuando te dije que no. ¡Egoísta!, me llamaste con lágrimas que desteñían mientras resbalaban por tus mejillas. Y a mí se me partió el alma, porque sabía que así te estaba salvando pero yo te perdía para siempre…

Menos mal que te llevaste una mitad y, aunque ya no te pueda ver, de vez en cuando todavía te siento. Cojo menos resfriados en el invierno y, cuando consigo maravillarme con una puesta de sol, o mirar a los ojos a un perro vagabundo, siempre me parece ver la sombra de tu paraguas al fondo del firmamento…

La vie en rose

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Indigestión

Posted in Uncategorized on 13/04/2011 by la7columna

Tenía tanta hambre que un día acabó devorándose a sí misma. Sin embargo, algo debió de sentarle mal, pues tardó mucho en digerirse y pasó toda la tarde repitiéndose. Al final, unos agudos retortijones comenzaron en la base del diafragma y se fueron extendiendo, como los rayos de una tormenta eléctrica, por toda la zona del bajo vientre.

¿Me habré envenenado? ¿Estaré caducada?, se preguntaba cada vez que sus tripas le recordaban que así no se come. No, si ya me lo decía mi madre, ¡hiiiija, respira, que te va a dar algo! (Pero una, para variar, nunca hace caso a tiempo de los sabios consejos maternos).

Pasó la tarde acordándose de su madre y sin saber cómo ponerse para mitigar el dolor de tripa. ¿Quién me madaría saltarme las clases de preparación al parto? Con lo bien que me vendría ahora no haber ido de divina-natural, sino de divina-premamá, y haber aprendido a hacer esos ¿estúpidos? ejercicios de respiración, aunque hubiese tenido que poner cara de idiota mientras me acariciaba el bombo y me sentía el ombligo del mundo… Así que la pesada (in)digestión le impidió disfrutar de ese día de invierno disfrazado de primavera.

A veces como una boa, y otras como el jorobado de Notre Dame, se iba arrastrando por todos los rincones de la casa, jadeando, resollando, tratando que pasara de una vez loquefueraquelehabíasentadomaldesímisma… ¡Asco de hambre voraz! No puede ser nada bueno tener tanta hambre y la nevera del alma vacía. ¿Por qué me habré comido con tanta ansia?, o mejor dicho, ¿por qué me habré comido? A lo mejor esto es como lo de las vacas locas, esas que alimentaron con pienso de origen animal y mira cómo acabaron; a lo mejor una no puede comerse a sí misma… Diosss, ¡soy una vaca loca, enferma del siglo XXI!…

Mientras pensaba en ello tratando de encontrar una respuesta que aliviara su dolor aparecieron las náuseas. No le dio tiempo a llegar al cuarto de baño y, en mitad del pasillo (recién fregado, por cierto), comenzó a vomitar(se).

Si vomitar es un acto reflejo bastante trabajoso, no es difícil imaginar lo que puede llegar a suponer la involuntariedad de vomitarse a una misma; mejor, me ahorro los detalles.

Cuando hubo terminado, exhausta, temblando, y con sudores fríos que desdibujaban el límite de su propio cuerpo, vio que allí estaba el germen de su indigestión. El suelo estaba lleno de pequeños trozos de ego desperdigados por el suelo y tropezones de sueños de color naranja estampados contra las paredes. ¡Qué suerte! —pensó—, así podré recuperar-me, aprovechar-me, completar-me, y volver a ser yo otra vez —olvidando que los jugos gástricos la habían transformado y jamás podría volver a ser la que era incluso mucho antes de haberse devorado.

Se detuvo a observarlos(se), como si fueran runas capaces de desvelarle los misterios de un presente incompleto, de un futuro incierto, pero ahí yacían, estáticos, mudos, incapaces de revelarle un solo secreto…

(Así que acabó el día con la fregona en la mano, por segunda vez, mientras el día se quitaba ese bonito disfraz de primavera y se mostraba inhóspito como sólo el invierno y una indigestión de sueños pueden llegar a ser.)

Bird on the wire