El último suspiro

En el último suspiro de Celes cupieron muchas cosas, tantas como en sus 89 años de vida.

Hubo un pensamiento para Gargüera, el pueblo donde nació y al que pudo regresar hace algunos años; para una caseta a las afueras de Plasencia, donde vivió su familia mientras ella se criaba en la coqueta pensión que regentaba su tía en Plasencia,  y a la que ayudó cuando aprendió a ser una señorita de la época; para un piso de la calle Galileo, donde, junto a Alfredo, formó su propia familia; para una terraza en Aldeanueva de la Vera, donde la brisa de las montañas le reconfortaba cada noche cuando se metía en la cama… hubo, incluso, un pensamiento para una casa rara, llena de cosas, «de esas que regala el Ayuntamiento».

En el último suspiro de Celes hubo un sentimiento para los vivos, otro para los que, en ese momento, la estaban queriendo, y una nítida visión de sus muertos, que eran muchos y la estaban esperando para recibirla con los brazos abiertos, una cazuela de cangrejos de río recién pescados y alguna otra sorpresa…

Con el último suspiro, mi abuela se fue de aquí para siempre. Eso sí, el genio, la eficiencia y el control tuvieron que marchar un poco antes y dejar más espacio a la ternura y al cariño necesarios para que quisiera dejarse cuidar y, también, poder darse el lujo de llorar cuando estaba triste (algo a lo que no estábamos acostumbrados, ni siquiera ella). Aun así, no se fueron del todo, y es que, cuando una está acostumbrada a cuidar a los demás, aprender a recibir es una tarea difícil. Por suerte, tuvo la mejor maestra que podía tener, la única capaz de hacer frente a ese titán, pues es otro titán como ella, con las dosis justas de genio, eficiencia y control, pero también del afecto, la ternura y el amor que requería esa tarea.

Pero, con el último suspiro, no se fue la belleza que siempre la acompañó y todos recuerdan. En el último suspiro de mi abuela hubo sitio para la belleza; una belleza que dolía al mirar, pero que soportaba el alma gracias a un amor absoluto.

Con el último suspiro, mi abuela hizo ese inevitable transbordo que añade su nombre a mi lista de muertos, dejándome un vacío tan grande como aquellos brazos en los que me acurrucaba cuando era pequeña.

Y ahora, a nosostros, los que seguimos siendo mortales, sólo nos quedan las fotos, los recuerdos y la esperanza de volver a verla en el andén cuando llegue la hora de hacer nuestro transbordo. Mi intuición me dice que así será, así pues, que así sea.

Buen viaje, Ma.

Una respuesta to “El último suspiro”

  1. Como iba a negarme Says:

    Me estaban preocupando tus silencios….sabía que te podia encontrar aqui.

    Un beso

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