Archivo para noviembre, 2010

Para ti

Posted in Uncategorized on 22/11/2010 by la7columna

Anoche le pedí a la Luna que me echara una mano. Aunque hacía mucho tiempo que no hablábamos (sí, sí, a ella también la tengo algo olvidadilla), confiaba en que el recuerdo de los viejos-buenos tiempos fuera lo suficientemente nítido como para hacer caso de mi plegaria… y así fue (las viejas -y verdaderas- amigas es lo que tienen).

Anoche le pedí a la Luna que hiciera todo lo posible para que el Sol brillara hoy, así que aprovechó sus habilidades femeninas para camelarse a su amante, en un ejercicio de empatía que no le costó mucho esfuerzo realizar.

Le pedí que brillara porque es el cumpleaños de mi hombre y yo, últimamente, ando escasa de luz y no quería celebrar un cumple a oscuras.

Le pedí que brillara porque me encanta el reflejo de la luz sobre su barba desaliñada (aunque creo recordar que se ha afeitado esta mañana, lo sé porque ha dejado huellas) y sobre esos preciosos ojos verdes que, con la luz del sol, se vuelven más verdes y alimentan la esperanza de cualquiera que los mire.

Le pedí que brillara para que, por lo menos hoy, desaparezcan las tinieblas que nos rondan y nos recuerden que, todavía, lo improbable puede desafiar a lo posible.

Le pedí que brillara porque el otoño con sol ofrece la imagen perfecta que le quiero regalar: un mosaico de mil colores que resaltan con la luz y contrastan con el frío, pero que, gracias al contraste, adquieren la magia que le da al paisaje una belleza superlativa, que no tienen las partes por separado, y hacen que el resultado sea, sencillamente, arrebatador.

Mi amiga la Luna me ha hecho caso y hoy brilla el Sol para mi hombre.

Y esta noche, bajo la luz azulada que difumina el paisaje, sea cual sea, le daremos las gracias como se merece, como nos merecemos…

¡Muchas felicidades!

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El último suspiro

Posted in Uncategorized on 17/11/2010 by la7columna

En el último suspiro de Celes cupieron muchas cosas, tantas como en sus 89 años de vida.

Hubo un pensamiento para Gargüera, el pueblo donde nació y al que pudo regresar hace algunos años; para una caseta a las afueras de Plasencia, donde vivió su familia mientras ella se criaba en la coqueta pensión que regentaba su tía en Plasencia,  y a la que ayudó cuando aprendió a ser una señorita de la época; para un piso de la calle Galileo, donde, junto a Alfredo, formó su propia familia; para una terraza en Aldeanueva de la Vera, donde la brisa de las montañas le reconfortaba cada noche cuando se metía en la cama… hubo, incluso, un pensamiento para una casa rara, llena de cosas, «de esas que regala el Ayuntamiento».

En el último suspiro de Celes hubo un sentimiento para los vivos, otro para los que, en ese momento, la estaban queriendo, y una nítida visión de sus muertos, que eran muchos y la estaban esperando para recibirla con los brazos abiertos, una cazuela de cangrejos de río recién pescados y alguna otra sorpresa…

Con el último suspiro, mi abuela se fue de aquí para siempre. Eso sí, el genio, la eficiencia y el control tuvieron que marchar un poco antes y dejar más espacio a la ternura y al cariño necesarios para que quisiera dejarse cuidar y, también, poder darse el lujo de llorar cuando estaba triste (algo a lo que no estábamos acostumbrados, ni siquiera ella). Aun así, no se fueron del todo, y es que, cuando una está acostumbrada a cuidar a los demás, aprender a recibir es una tarea difícil. Por suerte, tuvo la mejor maestra que podía tener, la única capaz de hacer frente a ese titán, pues es otro titán como ella, con las dosis justas de genio, eficiencia y control, pero también del afecto, la ternura y el amor que requería esa tarea.

Pero, con el último suspiro, no se fue la belleza que siempre la acompañó y todos recuerdan. En el último suspiro de mi abuela hubo sitio para la belleza; una belleza que dolía al mirar, pero que soportaba el alma gracias a un amor absoluto.

Con el último suspiro, mi abuela hizo ese inevitable transbordo que añade su nombre a mi lista de muertos, dejándome un vacío tan grande como aquellos brazos en los que me acurrucaba cuando era pequeña.

Y ahora, a nosostros, los que seguimos siendo mortales, sólo nos quedan las fotos, los recuerdos y la esperanza de volver a verla en el andén cuando llegue la hora de hacer nuestro transbordo. Mi intuición me dice que así será, así pues, que así sea.

Buen viaje, Ma.