Archivo para febrero, 2010

¿Por qué?

Posted in Uncategorized on 23/02/2010 by la7columna

Hoy es el día. Éste fue el primer pensamiento que tuvo, de madrugada, cuando la despertó el camión de la basura mientras hacía su ruta habitual. Todavía no entendía por qué su barrio era de los primeros por el que pasaban a recogerla ya que, para la mayoría de las cosas, o para la mayoría de los servicios prestados por el Ayuntamiento, solía ser de los últimos. Seguramente, el hecho de que el camión de la basura pase entre las nueve y las diez pueda considerarse un privilegio para aquéllos a los que se les olvidó sacarla la noche anterior, mientras que si pasa a las seis de la mañana, como en su barrio, tendrás que esperar hasta la noche para hacer lo propio, a no ser que trabajes en Mercamadrid. Un agravio más para ese barrio donde los impuestos valen menos, los sueños no encuentran lugar y la basura parece que no huele (o es que todo el mundo trabaja en Mercamadrid).

Vivía en una barriada de las afueras donde todo lo bello se escondía entre las cuatro paredes de su casa; no obstante, se esforzaba por sentirse privilegiada con unos zapatos del 35, aunque ella calzase el 38 (por lo menos no ando descalza, se consolaba).

La habitación estaba en penumbras, aunque iluminada con esa impertinente intermitencia de las luces naranjas del camión de la basura que, junto con el ruido del motor, la invitaban a levantarse deprisa. Miró por la ventana (suerte que el camión se lleva hoy mi basura) y aprovechó que la somnolencia se le escurría por el rabillo del ojo, llevándose consigo unas legañas del color de los sueños robados, para despertar a su marido con una adolescente ración de sexo matutino. Hoy era el día.

Llevaban diez años casados, los mismos que pasaron desde que dejaron de ser adolescentes sin serlo, pero, esa madrugada, revivieron el deseo que se siente a los quince años, aderezado, eso sí, con la lascivia de la adultez y el placer del conocimiento, propio y ajeno, que proporcionan los años de más. A esas horas de la madrugada, y en día laborable, el sexo de un matrimonio, contradiciendo a Alvite, no puede oler a incesto sino a deseo.

A su marido le costó subir al tren; después de diez años utilizando abono transportes, la emoción de colarse saltando el torno es superada por la comodidad de poder introducir siempre el billete y viajar sin sobresaltos. Aun así, esa madrugada se colaron en la estación y pudieron disfrutar de un viaje por paisajes no tan desconocidos, pero casi nuevos desde esa madrugadora perspectiva.

Se duchó y preparó un desayuno, con aroma adolescente, para dos. Los niños dormían, por suerte, así que pudieron disfrutar de unos minutos más antes de que la mañana, con sus obligaciones, los separase. Sobra decir que, ese día, quiso a su marido un poquito más.

Una vez él salió por la puerta, acompañado del olor a café, al beso que se dieron y al sexo que acababan de tener (no le dio tiempo a ducharse y, tiempo después, creo que se alegró de ello), todavía le quedaba un momento para preparar otros dos desayunos, esta vez, con olor a dibujos animados.

Era una mujer enamorada de la naturalidad con una hija de nueve años enamorada, también, pero de la artificialidad que proporcionan el maquillaje y los tacones a una mujer (ya crecerá, ya). Siempre que había reuniones o tutorías en el colegio, su hija le pedía una y otra vez que se arreglara (¿Te vas a pintar esta tarde, mami? Venga, di que sí, di que sí, que así estás más guapa); esto de que tu madre vaya al cole con la cara lavada, una coleta y una larga bufanda, en lugar de un vanidoso pañuelo que haga juego con la sombra de ojos y los tacones, no encaja muy bien en el mundo dominado por Tarta de Fresa y Hannah Montana de una niña de nueve años. Esa mañana, sin embargo, decidió obsequiar a su hija con el regalo de atusarse el pelo y ponerse brillo en los labios, a pesar de no haber reuniones ni tutorías. Se miró al espejo y se vio, por qué no, igual de guapa.

Despertó a los pequeños y desayunó con ellos mientras observaba a María que no cabía en sí del gozo de ver a su madre «tan guapa» y a Jonás,  el pequeño, que ni siquiera se había dado cuenta. Y se rió al comprobar la diferencia de sus reacciones. ¡Qué guapa eres, mamá!/¿Me puedo llevar los Gormiti? Y un aliento de tristeza se instaló en algún lugar entre la garganta y las tripas y le obligó a tragar saliva repetidamente, pero, como si de una finísima espina de pescado se tratara, no pudo deshacerse de ella.

Después de dejarlos en el cole, con su almuerzo favorito y un abrazo más largo de lo habitual, decidió ir al mercado en lugar de acudir a la oficina donde desde hacía años aspiraba a nada, así que no se molestó en avisar. Compró de todo y pagó al contado.

Al llegar a casa descongeló la nevera, la limpió y volvió a llenarla con todo lo que había comprado; caprichos para todos, menos para ella. Y con cada trozo de hielo que se derretía, desaparecía también una parte de ella, hasta que no quedó más hielo…

Limpió a fondo cada uno de los rincones invisibles de lo cotidiano y se le escapó una lágrima que se llevó con ella las pelusas de sus propios rincones (y lo poco que había dejado el hielo). Cuando terminó, se metió de nuevo en la ducha y salió con la cara y el alma vacías, pero el paso firme.

Llamó a sus padres para contarles nada, y a su amiga para anular la cita del viernes (se me había olvidado que tengo otro compromiso).

Esa tarde no llegó a casa. La encontraron al día siguiente, en la bañera de una habitación de hotel con el agua teñida de rojo y una nota escrita a mano…

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