Compañías

El día en que Margarita cayó enferma, todo el equipo de internistas del Gregorio Marañón dejó lo que tenía entre manos para atender este extraño caso, que superaba, con creces, cualquiera de los de la noche de los miércoles.

Los parámetros de todos los análisis que le hicieron eran correctos. Escáneres, radiografías y tacs mostraban un cuerpo que funcionaba a la perfección, sin embargo, y aunque no había perdido peso, su apariencia era la de un cadáver;  pesaba lo mismo, pero ocupaba la mitad. Su rostro, tan pálido, no hacía más que resaltar esos grandes ojos negros que, a su vez, hacían aún más blanca una fina piel que se consumía por momentos.

Hacía varios años que había llegado a Madrid y, aunque todavía se sentía una extranjera en la ciudad, ya conocía a un montón de gente que le había abierto las puertas de su casa, su tiempo y su corazón; estaba rodeada de gente y tenía buenos amigos.

La vida de Margarita era todo lo perfecta que puede ser una vida en un alma satisfecha, sin embargo, esa mañana le faltaba algo para funcionar. ¿Qué sería?

Telefoneó a su prima, médica, para contarle lo que le había sucedido.

– ¿Sí?

– Ceci, soy Margarita, que no me puedo mover.

– ¿Cómo que no te puedes mover?

– Lo que oyes prima. No sé lo que me pasa pero no puedo mover un solo músculo.

– A ver, a ver, con calma, vayamos por partes. ¿Tienes sensibilidad?

– Sí.

– Pues quédate ahí que ahora mismo te mando una ambulancia.

– Descuida, prima, no creo que vaya a ir muy lejos…

– Joder, Marga, qué bruta eres…

Y así fue como se puso en marcha la maquinaria del hospital donde la llevaron para tratar de encontrar el origen de su dolencia.

Margarita estuvo aislada una semana, durante la cual el color regresó de nuevo a sus mejillas y el volumen a su rostro. Después, comenzaron las visitas y, nuevamente, las recaídas.

Aquellos síntomas despistaron más si cabe al equipo médico, que empezaba a sospechar de una posible alteración de origen psicológico (ya se sabe que los médicos cuando no encuentran algo atribuyen el origen a nuestro cerebro y, si este queda descartado, concluyen con un origen «idiopático» y se quedan tan anchos, como fue el caso).

Margarita pasó de los internistas a un equipo de psiquiatras que se frotaba las manos ante el reto de diagnosticar algo que no fuera la típica depresión, trastorno adaptativo mixto o esquizofrenias de todos los tipos. Todo apuntaba a un trastorno somatomorfo, pero el desafío residía en unos síntomas que no se podían encuadrar en la tipología descrita en cualquier manual de psiquiatría, a lo que había que añadir que, además, la paciente era una persona feliz. Así comenzó un duro análisis psiquiátrico, aliñado con explosivos cócteles que, lejos de mejorar su estado, añadían diarreas, vértigos, alucinaciones y estados de somnolencia a un cuadro clínico que se había convertido en espiral.

Recibía muchas visitas cuando no estaba en cuarentena, y como tras una temporada de visitas seguía siempre una de aislamiento, y como le sobraba tiempo para observarse a sí misma, terminó por concluir que ambas situaciones estaban relacionadas, si no en el origen de la enfermedad, por lo menos en su actual desarrollo. Agudizó su ingenio y se dispuso a seguir observando desde esa nueva perspectiva, sin decirle nada a nadie.

Ana viene siempre oliendo a algo, un perfume. Pedro viene con chocolates. Javier con prisas. Carmen con sueños. Elena con dudas. María con chismes… y así, fue dando un repaso a todas las visitas que recibía, tratando de resolver una ecuación con aires de jeroglífico.

Y el repaso le sirvió para descubrir lo que le pasaba. Encontró el sumidero de su energía… pero puso cara, también, a sus fuentes de alimentación…

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Todos conocemos personas cuya presencia, sin saber por qué, nos agota. Desconozco si ese tipo de efecto es interespecífico o unidireccional, desconozco si hay algo consciente o es un hecho completamente involuntario, pero lo que sí sé es que cuando uno de esos vampiros entra en tu vida, y logra avanzar un paso más, estás jodida porque no puedes evitar los mordiscos sucesivos… Menos mal que, como las palabras, las personas-vampiro también tienen sus antónimos, para los cuales mi desconocimiento es exactamente el mismo, sus efectos los contrarios y el deseo, que entren, entren, y entren, regándonos de vida. Y nosotros,  ¿seremos, para ellos, también vampiros?

(Para todas aquellas personas que son vampiros a su pesar y que, a pesar nuestro, las queremos, pero, sobre todo, para esas otras que nos nutren y, sin saberlo, nos regalan con su presencia gramitos de Vida.)

3 comentarios to “Compañías”

  1. anónimo Says:

    Querida amiga.
    No nos vampiriza nada a lo que no ofrezcamos “el cuello”.
    Todos tratamos de absorber de alguien o de algo cosas de las que carecemos o nos parecen atractivas; yo a esto lo llamo aprendizaje o enriquecimiento. Otra cosa muy distinta es “entregarse”, y muchas veces una se deja arrastrar por esa pendiente sutil y a la vez cómoda, hasta que llega un día en que ésa “esponja” siente que la han estrujado.
    Pero si es capaz de hacer el esfuerzo de acercarse, aunque sea ligeramente, a sitios “más húmedos”, verá rápidamente cómo recobra su esplendor.
    Me ha encantado la música, aunque me ha faltado alguien que me ofreciera su cuello para bailarla.

  2. Como iba a negarme Says:

    El Dr. Bernstein (psicólogo clínico, terapeuta y experto en tales criaturas), dice “que son diferentes de la gente normal, pueden parecer más atractivos, más emocionantes, inteligentes, encantadores, creativos…pero “su necesidad” es superior a cualquier otra y asumen que las reglas no son para aplicarlas a ellos mismos, si no a la gente corriente.”
    Tú no eres “gente corriente”, asi que tranquila, jamás se plantearán robarte energía… Pero, cuidado, nosotros podemos ser vampiros de nosotros mismos…. y eso es bastante más peligroso.

    Besote, Amapola

  3. la7columna Says:

    Querido anónimo, es como la peli de Amor al primer mordisco. Cuando llegas a querer a alguien antes de sentir el mordisco o saber que muerde, luego ya no puedes más que entregar tu cuello una y otra vez, eso sí, alargando el tiempo entre cada mordisco para recuperarte.
    Hay vampiros entre tus amigos, o en tu familia, o puede que alguna de tus parejas lo fuera… es en ese círculo donde no puedes evitar la mordida, porque también hay amor. Los vampiros desconocidos son inofensivos, los descubres antes de quererlos, así que puedes alejarte y hacer su efecto puntual.
    Y menos mal que existen esos otros sitios “más húmedos” que nos transfunden de vitalidad y en los que no hace falta ningún esfuerzo para acercarse. A mí, por lo menos, me llaman, como la luz a las polillas.

    Mi querida Amapola, nadie está libre de que le roben su energía. Tú lo sabes y yo lo sé. Por suerte, te tengo entre mis amuletos. Beso.

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