De cena

Anoche estuve cenando con la sombra de Nietzsche. Como soy un tanto viajera no pude negarme a ese tándem. Me llevó a un sitio, pequeño y tranquilo, cuya carta ofrecía la «comida de siempre» pero preparada con un gusto que hacía de lo cotidiano una exquisitez. O quizá fueran mis ojos…

En la entrada había un cartel en el que se podía leer: Prohibido pasar a los meticulosos que quieren verlo todo limpio, aquí se venera al pasado (este sitio promete, pensé, por lo primero y por lo segundo).

Conversamos largo tiempo. Bueno, realmente fue ella quien más habló (ya se sabe lo que pasa con las sombras cuando te paras a escucharlas; como no están acostumbradas a que les presten demasiada atención, se emocionan y largan todo lo que llevan acumulado, desde no se sabe cuándo, en su discreta y observadora existencia).

A la sombra de Nietzsche, yo viajera, le recordaba a alguien, quizá a otro viajero, a algún trotamundos… Conocía ya de antes a mi propia sombra, o a mí, o a las dos… da igual, el caso es que no se acordaba.

Yo si me acordaba de ella, aunque vagamente. La conocí allá por el 98’, de la mano de un monaguillo que se perdió (o se encontró, quién sabe) por el camino, pero sí es cierto que no volví a saber de ella hasta el otro día. En su momento me pareció pesada (¿puede pesar una sombra?) y, aunque de vez en cuando me parecía verla deambular por el salón de mi casa, no reparé en ella hasta que, casualmente, me la encontré en la puerta de la Fnac y nos fuimos a cenar por ahí. Tampoco habíamos cambiado tanto (si acaso, solo lo suficiente o lo estrictamente necesario).

Es cierto que todo tiene su momento; el nuestro tuvo que esperar once años.

Empezó diciéndome que toda comida en la que se dicen o se escuchan buenas cosas es perjudicial para el estómago. Las sombras, no sé si lo sabéis, tienen un estómago muy delicado (imaginaos lo que significa tener unas digestiones tan etéreas), por lo que pude intuir que no me iba a dedicar solo buenas palabras y que le preocupaba, también, mi propia digestión.

Pedimos una botella de vino blanco y brindamos. ¡Por los (bonitos) reencuentros!

Mientras el camarero nos traía los entrantes, la sombra me contaba que ser ignorante en las cosas más mezquinas y más ordinarias es lo que hace de la tierra, para tantas personas, «un campo de perdición». El camarero arqueó una ceja y, por su expresión, sospecho que pensó que, o estábamos ya borrachos, o éramos un par de locos tempranos en la noche de Madrid. Yo me reí al pensarlo y el pan con aceite me supo a gloria.

Y que cada uno se cree libre principalmente allí donde su sentimiento de vivir es más fuerte. ¡Puf! Demasiada profundidad cuando una quiere llamarse Frívola. ¡Esto hay que suavizarlo como sea! -pensé-, de lo contrario me repetirá la cena, seguro. Así que me tomé la libertad de sacarla a bailar y vivimos un baile muy divertido, sí, pero un tanto accidentado. ¿Cómo agarras a una sombra cuando suena un rock and roll? Y, lo que es más importante, ¿cómo te coge ella a ti? Y entre tanta cadera para un lado, cadera para el otro, salto arriba y culo al suelo (el mío, cuál si no), el camarero se nos iba descomponiendo de manera inversamente proporcional a nuestra dicha y a la libertad de nuestro baile (seguramente temía por ¿el mobiliario?).

De repente se fue la luz y, como era un torbellino de ideas en constante ebullición, aprovechó la intimidad de la oscuridad para susurrarme al oído que la noche invita a la muerte. ¡Yo sí que he estado a punto de morirme del porrazo que me he dado, sombra del averno!, e invitada, no por la noche, querido espectro, sino por tu manera de cogerme (o no cogerme, mejor dicho). ¿Cómo llevas eso de la materialización?.  Si el pobre Sam pudo hacerlo en Ghost, acaso tú, sombra de Nietzsche, no vas a ser capaz?

A pesar del golpe me acordé de que, cuando siento el cansancio de mis pulmones, o de mi corazón, sin parar de respirar, sin parar de latir, es siempre de noche… o acaba de terminar un baile.

Aprovechó que volvió la luz para decirme que únicamente las cadenas nuevas hacen sufrir. Entonces me acordé de mi amigo «el cadenas» (y de las hijas de Zapatero, no me preguntéis por qué) y anoté una pregunta que hacerle (a «el cadenas», no a ZP) -¿se puede bailar encadenada?-. ¡Se puede bailar encadenada! Aún así conseguí, después del baile y por el resto de la noche, liberarme de todas las mías y verme vestida de mí aunque fuera ¿disfrazada? Se me ocurre que las voy a pintar de colores, así aunque duelan, por lo menos serán más bonitas.

Regresamos a la mesa y volvimos a brindar. ¡Por todos los momentos!

Y mientras bebía, se me cruzó un pensamiento inoportuno que importunó a dos de mis conductos corporales (el respiratorio y el digestivo) que se olvidaron de sí mismos y yo me atraganté con el vino. Parte salió por mi nariz, parte por la boca, mientras la pobre sombra se afanaba, inútilmente, en darme golpes en la espalda para facilitarme la tarea de volver a la vida; y yo, que me estaba ahogando, pensaba en la cara del pobrecico de Patrick Swayce en Ghost tratando de coger una moneda (de nuevo un pensamiento inoportuno que hacía más difícil el quehacer de transmutar la fuerza etérea de la sombra en fuerza bruta). Mi resurrección me dejó de recuerdo un horroroso lamparón que invitaba a mirar un escote sin sorpresas pero sin complejos.

Maldije y blasfemé contra la insurrección de mi propio cuerpo, contra los pensamientos inoportunos y contra el fluir de los fluidos que no saben lo que son y por dónde han de discurrir (gas es gas y va por tráquea, si no dolor de tripita y posible pedo inoportuno; líquido es líquido, ¿a quién quieres más?, tráquea mala, esófago bueno, si no, ahogamiento inconveniente).

La sombra, para variar, se puso seria (supongo que del esfuerzo, por otra parte insuficiente, de su propia transmutación) y me dijo que la gota de vida del mundo carece de importancia teniendo en cuenta el carácter total del inmenso océano del devenir y el perecer. Claro, le dije, si yo estoy completamente de acuerdo… pero cuando me abstraigo que, dicho sea de paso, tampoco es muy a menudo. Como ya van dos (las veces en que casi «perezco») te pido que, si finalmente sucede, le digas a mi madre que se abstraiga también, para restarle importancia al «asuntillo», digo. Lo cierto es que me sentí, entonces, chiquitita, me olvidé, por supuesto, del lamparón y continuamos, cómo no, disfrutando de la comida.

En cuanto pude le hablé de mí. Que yo también acumulo mucho, aunque mi existencia no sea tan discreta ni tan observadora como la de las sombras, y comparto su egocentrismo. Como el vino se me estaba subiendo ya a la cabeza, y olvidé que ese día quería llamarme Frívola, le hablé de lo que me ocupa, de lo que me preocupa y de lo que me despreocupa. Y ella, por conocerme o, simplemente, recordarle a ¿alguien conocido?, me habló entonces de que no tenemos necesidad de certidumbres absolutas alrededor del supremo horizonte para vivir una vida humana plena y sólida. Me dijo que aquí es necesaria la indiferencia. Que es necesario que nos reconciliemos con los objetos inmediatos y que no dejemos, como hasta aquí, pasar nuestra mirada sobre ellos con menosprecio para dirigirla a las nubes y a los espíritus de la noche. Entonces bajé la mirada a la altura de mis ojos y, libre del veneno del menosprecio de las cosas inmediatas (y del dolor de cuello que produce mirar a las nubes durante mucho tiempo mientras caminas) comprobé cómo me horroriza que se me encrespe el pelo con la humedad, pero qué fácil es hacerse una coleta, qué buena está la comida, y qué ojiplático el camarero.

Hablamos de lo difícil que resulta cambiar un hábito. Y me dijo que es que el hábito constituye una inclinación irresistible formada paulatinamente; y me quedé pensando en la manera de superar esa «irresistible inclinación» (me vendría bien para dejar de fumar). Que de nosotros depende desposeer a la pasión de su carácter temible e impedir que se convierta en torrentes devastadores. Trabajar lealmente en la tarea de transformar en goce todas las pasiones humanas; y me quedé pensando en la manera de llevar a cabo esa transformación (me vendría bien para gozar más a menudo, ummm)… Comoquiera que la sombra parecía leer mis pensamientos añadió a continuación que dominar las pasiones es un medio, no un fin, y que el hombre que ha dominado sus pasiones ha entrado en posesión del suelo más fecundo (mientras no sea el vientre, todo controlado).

Seguimos comiendo, seguimos conversando (digo conversar porque yo, en cuanto se me despistaba, metía baza), con los ojos del espíritu penetrando en lo inmediato. Hablando, escuchando, asintiendo, riendo, pensando… Y cada palabra, un olor, y toda palabra, un ¿prejuicio?; como si todas las palabras no fuesen bolsillos en los que se van metiendo muchas cosas a la vez.

Me dijo que el alma también debe tener sus cloacas particulares, y que el remordimiento es como la mordedura de un perro a una piedra: una tontería. Esto la apunté en mi libreta porque sabía que a mi otro yo le iba a gustar (y no me equivoqué, ¿verdad?).

Llegamos al postre, de chocolate, y brindamos por última vez. ¡Por lo inmediato!

Nos despedimos de lo que quedaba del camarero, y salimos del local.

¿Dónde vamos ahora?- le pregunté. Podemos bajar paseando hasta la plaza de España. Se puede ver la luna y no hay mucho tráfico (¡qué! es mi chaladura y en ella se puede ver la luna desde la Gran Vía y no haber coches).

¡Vale! ¡Echémonos a la boca de los acontecimientos!- me respondió. Pero el camino más corto no es siempre el camino recto, sino aquel en que sopla el viento favorablemente a nuestra vela.

Así que no bajamos por Gran Vía, fuimos callejeando por la noche de Madrid y sus calles de adoquines perdiéndonos de vista a nosotros mismos durante un tiempo.

El que quiera participar de todos los bienes debe saber empequeñecerse a ciertas horas, dijo. Y el paseo, cosmopolita, aunque una es más de campo, desde esa perspectiva resultó un descubrimiento. Y es que hay lugares donde no hay contrastes, sino diferencia de grado.

Y cuando llegamos a nuestro destino me dijo unas palabras cuyo eco puedo oír todavía:

Para todo lo que está por venir, tú eres la bendición o la maldición, y en todo caso, la traba que sujeta al hombre, aun al más poderoso; de nada vale que te asustes de ti misma.

Y me fui pensando que, a veces, es necesario divertirse un poco imaginando que aún se pueden tener deseos, engullir mentiras a brazadas para no perecer de hambre, aunque las ilusiones sean, ciertamente, placeres costosos.

A fin de cuentas, continuamos amando la música como amamos el rayo de luna. Ninguna de las dos cosas quiere reemplazar al sol; se contentan con iluminar mal que bien nuestras noches…

Y en esas estaba yo cuando me di un hostión contra una farola que me ha dejado una bonita cicatriz de recuerdo.

(A partir de El viajero y su sombra, Friedrich Nietzsche)

5 comentarios to “De cena”

  1. Claro que se puede bailar encadenada. Sobre todo si lo estás a tu pareja de baile…

  2. la7columna Says:

    Pues ya te contaré, si eso, mañana, por ejemplo. Aunque digo yo que dependerá de la longitud de las cadenas ¿no?, y del tipo de baile, claro está. Aunque bueno, de cadenas tú eres quien más sabe así que…
    Besos apocalípticos en la víspera de una fiesta que promete, no se el qué, pero promete (aunque solo sea por la ausencia de patatas a la riojana, XD).

  3. perro verde Says:

    Reconozco soy torpe. No solo no entiendo un carajo de lo que escribes, sino que al intentar hacerlo acabo medio loco.
    Con esa mente tan retorcida no me extrañan ciertos picores.
    Por favor, descansa esas neuronas.

  4. Como iba a negarme Says:

    Por supuesto no te equivocaste: me encantó! ;)

    Si me lo permites, un consejo: sal a cenar más a menudo que te hace bien cantar bajo la lluvia.

    Beso

  5. la7columna Says:

    Perroverde, ¿insinúa usted que servidora es mala para la salud? Ja, ja, ja.

    Querida, ¡lo sabía, lo sabía y ¡lo sabía!!

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