La extraña dama

Un día despertó y no sabía dónde estaba. Silencio.

Miró a su alrededor. Una habitación en penumbra, apenas iluminada por débiles rayos de luz que reflejaban minúsculas partículas de polvo suspendidas en el ambiente, como ella en ese momento, y le permitían reconocer ese espacio como desconocido, aunque extrañamente familiar.

Todavía no había dejado de flotar (como las motas de polvo), ni sus ojos se habían hecho a la penumbra, cuando le pareció ver a otra mujer en la habitación. Silencio.

No la oyó llegar, y ahora estaba sentada a su lado, a los pies de una cama que no era la suya.

Tenía el pelo largo, ligeramente despeinado, e iba descalza. Le llamó la atención la blancura de sus pies, que no parecían estar fríos, tan finos pero tan firmes; con el aspecto de unos pies que han caminado mucho (o muy poco). Debía de vestir ropas claras, puesto que dejaba traslucir un montón de colores desde el interior, como si se hubiera tragado el arco iris. ¿Pertenecería a ese lugar?

– ¿Dónde estamos?- le pregunté.

– ¿Acaso no lo sabes? Yo no puedo decírtelo pero, si quieres, puedo guiarte.

– He despertado aquí, en este lugar desconocido pero tan extrañamente familiar, como tú. ¿Es esto un sueño? ¿Un déjà vu?

– Y qué si lo es, ¿acaso importa?

– Entonces, ¿estoy muerta?

– Te estaba buscando.

– ¿A qué has venido?

– No he venido, siempre estoy por aquí.

– Y, ¿para qué estás?

– Me gustaría poder darte un beso.

– ¿Nos conocemos?

– A veces.

– ¿Eres la muerte?

– Puedo llegar a serlo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo de tal forma que pudo sentir el torrente de adrenalina circulando por sus arterias desde el pecho hasta la punta de sus pies, que, al momento, también reconoció blancos, finos y firmes. Esa extraña dama la desconcertaba, pero mentiría si dijera que no se encontraba bien a su lado. De repente, no existía el tiempo. De repente, no existía nada más que esa habitación, esa penumbra, esa cama, ella… y ella.  Y el silencio.

– ¿Sabes por qué estás aquí?

– No. Lo único que recuerdo cuando me dormí es que me estaba ahogando. A veces me falta el aire y, a veces, me pica todo. ¿Seguro que no estoy muerta?

– Es normal, se te olvida respirar y, a veces, vivir, por eso ahora tienes que aprender a hacerlo.

– ¿Me enseñarías?

– Ya sabes hacerlo.

La extraña dama la cogió, entonces, de la mano, apartó uno de los despeinados mechones que también a ella le cubrían la cara y permanecieron mirándose la una a la otra durante un tiempo indeterminado. Respirando, y en silencio, la extraña dama la besó.

La vista se hizo a la luz y pudo reconocer algo más de la sala, y de la extraña dama. Una pared era roja, olía a niños y la dama tenía un lunar en la barbilla… Se empezó a sentir mejor y, cada vez, le costaba menos respirar; una respiración, natural y profunda, que no era necesario dominar. Le gustaba ese lugar, cada vez más cercano, gracias a la compañía de esa extraña dama.

– No te vayas. Contigo puedo respirar y mi piel es suave.

– ¿No has entendido nada? Siempre estoy contigo y te conozco desde siempre; te conozco ayer, ahora y mañana, aunque no siempre podrás verme porque, entonces, no crecerías… y tampoco vivirías. Pero no olvides, es más lo que nos une que lo que nos separa.

– ¿Y si te pierdo? ¿Dónde encontrarte?

– Por el camino del Tiempo, el que se anda descalza y se camina desnuda.

– ¿Y dónde está ese camino?

– Dónde solo estás tú. Sale de ti y a ti conduce. Solo tienes que aprender a mirar. ¿Quién guía tus pasos?

– El viento… y la inercia.

– Así no te conozco, pues tus pies son firmes, como los míos. Domínalos, dirígelos, condúcelos. Siéntete. Observa, de vez en cuando, el camino; el que dejaste atrás te va preparando para el que viene, y siempre hay un momento para contemplar el horizonte, pero nunca olvides dónde estás y el paso que vas dando. Siente en gerundio, vive viviendo… Cuando seas capaz de verlo todo a la vez, podré reconocerte y me encontrarás. Recuerda, tú ya sabes cómo hacerlo.

Y, con el beso de la dama (que ya no era una extraña), descubrí que no me había perdido, y que la habitación era mi habitación…

– Por cierto, ¿quién eres?

– Soy tú.

2 comentarios to “La extraña dama”

  1. anónimo Says:

    Me ha gustado; es tan real…
    Tú y Tú misma dialogando con serenidad, sin reproches, sin enfrentamiento.
    Eres sabia y, a la vez, tremendamente sensible.
    Caminad siempre juntas y, en todo caso, lunes, miércoles y viernes se Tú y martes, jueves y sábado Tú misma. El domingo lo podreis utilizar para reuniros y charlar sobre lo acontecido, pero, por favor, sigue contándolo.

  2. la7columna Says:

    Aynsss, mi Roldana, ¡tú sí que eres sabia! y el calendario propuesto… ¡mejor imposible! Tomaré nota…

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