Archivo para noviembre, 2009

Buscando un nombre

Posted in Uncategorized on 30/11/2009 by la7columna

… Los sentimientos nos ponen nuestros auténticos nombres. ¿Como te llamas?

¿Que cómo me llamo? Desde hace unos días me llamo Ansiedad (como esa vieja amiga de la que no me deshago). Pero otras veces mi nombre es Tristeza, Melancolía e, incluso, Nostalgia.

También Felicidad, pero este es de los nombres que me suelen durar poco, tan solo unos instantes, igual que Alegría y Dicha. Debe de ser que se aburren conmigo y rápidamente se van a llamar a otras personas (por suerte algunas viven tan cerca que, por lo menos, puedo verlas de lejos).

Cuando no sé cómo llamarme me llamo Aburrimiento, y cuando me aburro, me llamo Inquietud.

Me he llamado Locura, me he llamado Deseo. Plenitud y Sosiego, pero también Nervios, Pasión e Insolencia… Una vez me llamé Paz, aunque hace ya tanto de eso que no sé si ese nombre lo puedo contar.

Cuando escucho música me voy de paseo, cuando leo, de travesía, y cuando regreso de ambos siempre me llamo Consuelo.

Mientras sueño me llamo Regocijo, aunque al despertarme siempre se me olvida este nombre.

Pero hoy, hoy solo me llamo Ansiedad, sin ni siquiera apellidos.

Qué de nombres; me visitan rápido y, más rápido aún, me abandonan, aunque con diferente frecuencia. ¿Por qué será?

Y entre todos ellos no he encontrado todavía el que claramente me defina y se quede a vivir conmigo; los que yo quiero no me quieren y, a los que quieren, no los quiero yo… Cuando en esto pienso me llamo Rebeldía Fútil y Estúpida (esta vez con apellido compuesto).

Tal vez todos sean mi nombre, tal vez ninguno lo sea… o quizá sea Ciclotimia, (aunque en mi alternancia ­-así de original soy- se exprese siempre más uno que otro)… o, lo más probable, me llame simplemente CAOS y el resto, en lugar de nombres, sean mis apellidos.

Sea como fuere, hoy me llamo (¿o me apellido?) Ansiedad, y cuando así me llamo (o me apellido), no hay zapatos, ni manos, ni gestos, ni besos, capaces de desbancar a este nombre traidor. Tan solo puedo servirme un plato de cuarto y mitad de egoísmo, respirar hondo y esperar a que se aburra y me abandone…

¿Cuál será el próximo?

¿Cuál será el mío?

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La extraña dama

Posted in Uncategorized on 11/11/2009 by la7columna

Un día despertó y no sabía dónde estaba. Silencio.

Miró a su alrededor. Una habitación en penumbra, apenas iluminada por débiles rayos de luz que reflejaban minúsculas partículas de polvo suspendidas en el ambiente, como ella en ese momento, y le permitían reconocer ese espacio como desconocido, aunque extrañamente familiar.

Todavía no había dejado de flotar (como las motas de polvo), ni sus ojos se habían hecho a la penumbra, cuando le pareció ver a otra mujer en la habitación. Silencio.

No la oyó llegar, y ahora estaba sentada a su lado, a los pies de una cama que no era la suya.

Tenía el pelo largo, ligeramente despeinado, e iba descalza. Le llamó la atención la blancura de sus pies, que no parecían estar fríos, tan finos pero tan firmes; con el aspecto de unos pies que han caminado mucho (o muy poco). Debía de vestir ropas claras, puesto que dejaba traslucir un montón de colores desde el interior, como si se hubiera tragado el arco iris. ¿Pertenecería a ese lugar?

– ¿Dónde estamos?- le pregunté.

– ¿Acaso no lo sabes? Yo no puedo decírtelo pero, si quieres, puedo guiarte.

– He despertado aquí, en este lugar desconocido pero tan extrañamente familiar, como tú. ¿Es esto un sueño? ¿Un déjà vu?

– Y qué si lo es, ¿acaso importa?

– Entonces, ¿estoy muerta?

– Te estaba buscando.

– ¿A qué has venido?

– No he venido, siempre estoy por aquí.

– Y, ¿para qué estás?

– Me gustaría poder darte un beso.

– ¿Nos conocemos?

– A veces.

– ¿Eres la muerte?

– Puedo llegar a serlo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo de tal forma que pudo sentir el torrente de adrenalina circulando por sus arterias desde el pecho hasta la punta de sus pies, que, al momento, también reconoció blancos, finos y firmes. Esa extraña dama la desconcertaba, pero mentiría si dijera que no se encontraba bien a su lado. De repente, no existía el tiempo. De repente, no existía nada más que esa habitación, esa penumbra, esa cama, ella… y ella.  Y el silencio.

– ¿Sabes por qué estás aquí?

– No. Lo único que recuerdo cuando me dormí es que me estaba ahogando. A veces me falta el aire y, a veces, me pica todo. ¿Seguro que no estoy muerta?

– Es normal, se te olvida respirar y, a veces, vivir, por eso ahora tienes que aprender a hacerlo.

– ¿Me enseñarías?

– Ya sabes hacerlo.

La extraña dama la cogió, entonces, de la mano, apartó uno de los despeinados mechones que también a ella le cubrían la cara y permanecieron mirándose la una a la otra durante un tiempo indeterminado. Respirando, y en silencio, la extraña dama la besó.

La vista se hizo a la luz y pudo reconocer algo más de la sala, y de la extraña dama. Una pared era roja, olía a niños y la dama tenía un lunar en la barbilla… Se empezó a sentir mejor y, cada vez, le costaba menos respirar; una respiración, natural y profunda, que no era necesario dominar. Le gustaba ese lugar, cada vez más cercano, gracias a la compañía de esa extraña dama.

– No te vayas. Contigo puedo respirar y mi piel es suave.

– ¿No has entendido nada? Siempre estoy contigo y te conozco desde siempre; te conozco ayer, ahora y mañana, aunque no siempre podrás verme porque, entonces, no crecerías… y tampoco vivirías. Pero no olvides, es más lo que nos une que lo que nos separa.

– ¿Y si te pierdo? ¿Dónde encontrarte?

– Por el camino del Tiempo, el que se anda descalza y se camina desnuda.

– ¿Y dónde está ese camino?

– Dónde solo estás tú. Sale de ti y a ti conduce. Solo tienes que aprender a mirar. ¿Quién guía tus pasos?

– El viento… y la inercia.

– Así no te conozco, pues tus pies son firmes, como los míos. Domínalos, dirígelos, condúcelos. Siéntete. Observa, de vez en cuando, el camino; el que dejaste atrás te va preparando para el que viene, y siempre hay un momento para contemplar el horizonte, pero nunca olvides dónde estás y el paso que vas dando. Siente en gerundio, vive viviendo… Cuando seas capaz de verlo todo a la vez, podré reconocerte y me encontrarás. Recuerda, tú ya sabes cómo hacerlo.

Y, con el beso de la dama (que ya no era una extraña), descubrí que no me había perdido, y que la habitación era mi habitación…

– Por cierto, ¿quién eres?

– Soy tú.