Archivos para septiembre, 2009

Salir de la torre

Posted in Uncategorized on 30/09/2009 by la7columna

Definitivamente, son raras.

Sus vidas comenzaron con varios años de diferencia, concretamente ocho, o nueve, ahora no recuerdo; sin embargo, este desfase cronológico no ha sido óbice para que se encuentren… y se reconozcan.

A la señorita Amapola no le gusta el cine, y Primavera tiene alma de pija. Definitivamente, sí, son raras, más aún cuando están juntas.

La señorita Amapola, como la princesa de un cuento (que no de una peli puesto que no le gustan) anda presa en la torre de un castillo. Todos los días mira por la ventana y ve los prados verdes que se extienden hasta el horizonte para confundirse con un cielo azul, violeta o gris, según sea el día. Y todos esos días, al mirar por la ventana, guarda la imagen en su retina, cierra los ojos, y sale volando de su prisión a recorrer esos campos que ya conoce de memoria. A la vuelta, aún conserva el aroma de las lilas, o de la tierra mojada si ha llovido, pero abre los ojos y la tristeza se instala nuevamente en ellos. La señorita Amapola, la princesa de mi cuento, está triste.

Ella nació para volar, para oler y para tocar la vida con cada célula de su cuerpo, pero en su prisión no puede sino morirse un poco más cada día. El ogro malvado la quiere solo para él. Es feo, sucio, hediondo y tan, tan, chiquitito que solo a través de Amapola cautiva consigue sentirse algo más grande. Es un ogro vampiro.

Primavera la conoció cuando tenía la condicional, un día junto al río cogiendo lilas. Desde entonces comparten el aroma… y la esencia.

La señorita Amapola es de letras y Primavera de ciencias, pero aunque su alma es de pija también lo es de alquimista, así que anda buscando la manera de transmutarse y meterse en la cabeza de Amapola (no será tan difícil, al fin y al cabo somos dos flores) solo por el tiempo justo que le permita enfrentarse al ogro que la tiene paralizada y, por supuesto, tomarse un café. Mientras tanto, la visita cada mañana y, desde debajo de la torre, le canta canciones de heroínas que vencieron a su ogro-vampiro. También ha conseguido amaestrar a una gusana de ojos saltones para que repte por la pared y consiga subir, burlando la vigilancia de su ogro-vampiro, y hacerle compañía.

Pero no es suficiente…

La señorita Amapola es rubia, Primavera morena.

Han decidido hacer del castillo un tablero de juego. Tres estancias, tres armas, tres jugadores (la señorita Amapola, Primavera y el Coronel Mostaza, mitad halcón mitad humano, recientemente incorporado al dúo que ahora es trío) y una única víctima: el ogro-vampiro, que siempre muere de diferentes maneras (Srta. Amapola con el cuchillo en la torre, srta. Primavera con el candelabro en la escalera, Coronel Mostaza con la cuerda en el antro, …); los días en que la señorita Amapola no puede escapar ni con la imaginación de su cruel prisión, juegan los tres al asesinato y el tiempo se hace liviano.

La señorita Amapola está presa, Primavera conoce esa prisión.

Y entre tanta alquimia, tanto «cluedo», viaje astral, ogro para arriba, ogro para abajo, canciones de heroínas, ecos lejanos, sueños de libertad en lo alto de una torre… la princesa un día descubre que el ogro no es tan ogro ni tan vampiro, no con ella porque es grande, mucho más grande que él, así que se calza sus «letizios» y con paso firme desciende por las escaleras –toc, toc, toc-, y se detiene a la altura del antro para que él pueda verla, hermosa, poderosa… fuerte.

Ante lo inesperado de la visión, el ogro-vampiro comienza a menguar, cada vez más encogido, cada segundo más arrugado. La luz que desprende la señorita Amapola lo ciega y le hace encogerse más todavía. ¿Y esa luz? La luz es ella. Es ella cuando es más ella que nunca. El carcelero intenta, en vano, levantar su brazo para retenerla, con esas garras, antaño aniquiladoras, que ahora se han convertido en pobres muñones… resulta más patético que aterrador, pero sobre todo chiquitito. El ogro-vampiro tiene ya el tamaño de una cucaracha. Ella cada vez es más grande.

Cuando la diferencia de tamaños llega a su clímax, la señorita Amapola levanta su «letizio» derecho para dar el paso que la conduzca a su libertad, se detiene un momento a la altura del ogro-vampiro-cucaracha y, cuando todos pensamos que se va a despedir de él como estamos imaginando, no se escucha nada, ningún crujido, la señorita Amapola lo pasa por alto y abandona el castillo, dejando tras de sí el eco de sus «letizios» y un pequeño amago de cucaracha que se retuerce de ira pero que nunca, nunca, volverá a ser grande, no para ella.

¡La señorita Amapola es imprevisible!

En el prado se ha organizado un picnic. Primavera y el Coronel Mostaza ultiman los preparativos: morcilla de Aldeanueva, aceitunas y pipas. La señorita Amapola aparece a lo lejos, guapísima, pero va caminando a trompicones, ¿qué sucede? Con «letizios» por el campo se hace difícil caminar y piensan “antes muerta que sencilla”.

La señorita Amapola, la princesa de mi cuento, ya no está triste. No siempre será feliz (¿acaso existe la felicidad?) pero la tristeza de la torre en la torre quedó, custodiada por una cucaracha que acaba de descubrir el aburrimiento.

La señorita Amapola comienza un camino, su amiga Primavera estará ahí siempre «con la distancia prudencial del que viaja todo el trayecto por el carril de al lado, exactamente a la misma velocidad…».

Te quiero.

P. D. : La señorita Amapola no sabe inglés, Primavera casi lo ha olvidado, pero como me sobran las ganas, aquí va un karaoke y traducido.

I wish I knew how it would feel to be free

I wish I knew how it would feel to be free
I wish I could break all the chains holding me
I wish I could say all the things that I should say
say ‘em loud, say ‘em clear
for the whole round world to hear.

I wish I could share all the love that’s in my heart
remove all the bars that keep us apart
I wish you could know what it means to be me
Then you’d see and agree
that every man should be free.

I wish I could give all I’m longing to give
I wish I could live like I’m longing to live
I wish that I could do all the things that I can do
though I’m way over due I’d be starting a new.

Well I wish I could be like a bird in the sky
how sweet it would be if I found I could fly
Oh I’d soar to the sun and look down at the sea

and I’d sing cos I’d know that
and I’d sing cos I’d know that
and I’d sing cos I’d know that
I’d know how it feels to be free
I’d know how it feels to be free
I’d know how it feels to be free

Me gustaría saber qué se siente al ser libre

Me gustaría saber qué se siente al ser libre.
Me gustaría romper todas las cadenas que me atan.
Me gustaría decir todo lo que debo decir,
alto y claro,
para que lo oiga el mundo entero.

Me gustaría poder compartir todo el amor de mi corazón.
Quitar las barreras que nos separan.
Me gustaría que pudieras saber qué significa ser yo.
Entonces comprenderías y reconocerías
que toda persona debe ser libre.

Me gustaría poder dar todo lo que quiero dar.
Me gustaría poder vivir como anhelo vivir.
Me gustaría poder hacer todas las cosas que sé hacer
y si mi camino se retrasa, empezaré uno nuevo.

Me gustaría poder ser como un pájaro en el cielo.
Qué dulce sería si descubriera que puedo volar.
Me elevaría hacia el cielo y miraría, abajo, el mar.

Y cantaría porque sabría que
Y cantaría porque sabría que
Y cantaría porque sabría que
Sabría que se siente al ser libre
Sabría que se siente al ser libre
Sabría que se siente al ser libre.

¿Diálogo de besugos? ¿Maneras de vivir?

Posted in Uncategorized on 21/09/2009 by la7columna

– ¡Puf! No sé por dónde empezar…

– Pues empieza por el principio.

– Sí, por el principio pero… ¿cuál de ellos?

– No sé, ¿el que acabe mejor?

– ¿El mejor final del principio?

– Sí, el mejor final del principio.

– Pero no sé los finales todavía…

– Pues empieza por el que apunte maneras.

– ¿El principio o el final?

– El principio o el final ¿qué?

– El principio, o el final que apunte maneras…

– ¡Estás imposible, ¿eh?! Pues será el principio si los finales no los sabes todavía.

– Pero eso es muy relativo, nunca se sabe lo que puede pasar; si lo malo ahora luego será bueno o si, por el contrario, lo que ahora parece mal luego irá bien…

– Pues escoge uno al azar.

– Soy de naturaleza indecisa.

– Pues rebélate, o tira una moneda al aire.

– Pero una moneda me ofrece solo dos posibilidades y yo tengo más de dos principios así que tendría que elegir dos de ellos y, como te dije antes, soy de naturaleza indecisa.

– ¿Y un dado?

– Un dado me ofrece seis.

– ¿Y no es suficiente?

– Definitivamente, no.

– ¿Y dos?

– ¿Dos qué?

– Dos daaadooos.

– ¿Doce?… tampoco.

– Doce no, dos, ¡Dioss!

– Ya, ya, dos dados… doce principios.

– Brrrr. ¡Lo tengo! Escoge el número de dados que comprenda todos tus principios.

– Umm… esto… que digo yo que… que no sé cuántos tengo.

– ¿No sabes cuántos tienes?

– No, no sé cuántos tengo.

– ¿Y cómo no lo vas a saber?

– Nunca los conté.

– Pues cuéntalos y acabamos de una vez por todas, me está entrando dolor de cabeza.

– No puedo contarlos.

– ¿Por qué?

– Porque aparecen continuamente, mientras que otros hacen lo propio y van desapareciendo también…

– ¡Pues si que eres complicada!

– ¿Complicada porque soy indecisa o indecisa porque soy complicada?

– Lo que prefieras.

– No es cuestión de preferir…

– Entonces ¿de qué es cuestión?

– De lo que sea, o complicada por indecisa o indecisa por complicada; algo será, y lo mismo me da que me da lo mismo, pero algo tendrá que ser.

– ¿Y qué fue antes, el huevo o la gallina?

– Eso mismo me pregunto yo. ¿También te complicas?

– Intento no hacerlo.

– Por eso somos amigas ¿verdad?

– Verdad, pero me levantas dolor de cabeza.

– Y tú a mí, pero te quiero.

– Yo también te quiero.

– Por cierto, ¿tú vives?

– Claro, ¿acaso no me ves y estamos hablando? ¿No irás a empezar otra vez?

– ¿Empezar a qué?

– A complicarnos.

– ¿Y si así fuera? Llevo paracetamol, para el dolor de cabeza, digo.

– Ja, ja, ja. Venga, me tomo uno y seguimos.

– Te preguntaba que si vives porque quería saber cuántos principios tienes.

– ¿Principios de qué?

– De qué va a ser, de historias.

– ¡Puf! No sé, no me había parado a pensarlo.

– ¿Y te vas a parar?

– ¿Parar a qué?

– ¿A qué va a ser?, a pensarlo.

– No sé.

– ¿Naturaleza indecisa?

– Ja, ja, ja.

– ¿Nos tomamos unas cañas?

– ¡Vale!

2 m2 (o últimamente estoy belicosa)

Posted in Uncategorized on 03/09/2009 by la7columna

El ser humano tiene unos 2 m2 de piel y 3000 puntos nerviosos por cada cm2, lo que hace un total de 60 000 000 puntos nerviosos repartidos por la geografía  epidérmica. Un batallón bastante considerable si se desata una guerra contra una sola cabeza.

60 000 000 puntos nerviosos… o 60 000 000 soldados que forman un séquito, pero ¿de quién?, y son capaces de organizarse lo suficiente como para tenderte las más variopintas emboscadas. No se puede subestimar un órgano como la piel, el más grande del ser humano y un espejo que refleja nuestro estado de bienestar.

El soldado raso, diseminado por todo el campo de batalla ­-2 m2– y haciendo una guerra no muy devastadora a corto plazo, pero con efectos demoledores si consigue mantenerse lo suficiente como para pasar del corto al medio plazo. Va, poco a poco, horadando el terreno, con el único objetivo de llegar a los cimientos. Su estrategia es tan comedida que, cuando el adversario quiere darse cuenta, se ha extendido por los 2 m2 dejando, a su paso, 2 m2, ni uno más ni uno menos, completamente arrasados, o debilitados, para que todo duela más. ¿Su táctica? La distracción y el debilitamiento progresivo de las fuerzas del adversario; cansarlo, agotarlo, extenuarlo… hipersensibilizarlo.

La élite, u  oficiales especializados en llegar adonde los demás no pueden. Se meten debajo de las piedras, hacen trincheras que te impidan caminar, o barricadas  que  no te dejen asirte a cualquier apoyo con el fin de no perderte. Juegan al despiste y actúan a corto plazo, pero está todo tan bien organizado que lo hacen justo después de lo anterior, cuando ya estás cansada, debilitada, hipersensibilizada… Además, engañan y distraen a cualquiera que te quiera ayudar en tu batalla, incluso a los más sabios. Abren nuevos frentes para que no sepas si son una o varias las guerras que se libran en esos 2 m2 y, así, sin conocer al enemigo ¿cómo combatirlo?

Un ejército de 60 000 000 soldados, o puntos nerviosos, un campo de batalla de 2 m2, o la piel, una guerra sin tregua (¿seré yo?) o una enfermedad (¿será otra cosa?,) ¿quién puede saberlo?

Y en medio de todo eso una mente cansada y confusa que solo sabe que no puede más…

¿Hasta cuándo?