Archivos para agosto, 2009

Nueve días

Posted in Uncategorized on 31/08/2009 by la7columna

Debo de haber tenido una vida muy interesante, lo que pasa es que no la recuerdo…

De vez en cuando me vienen retales de memoria, pero muy vagos, como el sueño que se esfuerza una en recordar y, por mucho que lo haga, no consigue recomponer del todo.

Un perro verde me acaba de regalar una fantasía envuelta en un atardecer y, mi amiga del alma, me ha obsequiado con un encuentro y una preciosa cita. Espero no olvidarlas.

vegetar.

(Del lat. vegetāre).

1. intr. Dicho de una planta: Germinar, nutrirse, crecer y aumentarse. U. t. c. prnl.

2. intr. Dicho de una persona: Vivir maquinalmente con vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas.

3. intr. Disfrutar voluntariamente vida tranquila, exenta de trabajo y cuidados.

Servidora lleva nueve días vegetando al estilo de la tercera acepción del verbo, o lo que es lo mismo, con Tiempo, Tiempo y más Tiempo para hacer, sencillamente, «nada» (bonita palabra para este contexto). ¿Vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas? Así dicho [mejor dicho, escrito (o mejor escrito, escrito)] estos nueve días también se ajustan a su segunda acepción aunque, si lo pienso, estos días de hacer, sencillamente, «nada» también me han servido para nutrirme, crecer y aumentar (se me fue mi cocinero y ya no como tan rico) o, lo que es lo mismo, la primera acepción del verbo vegetar. ¿Se podría decir, pues, que he vegetado en el más amplio sentido de la palabra?

Vegetar. Estado vegetativo. Hacer nada (o casi nada).

aburrir.

(Del lat. abhorrēre).

[…]

5. prnl. Fastidiarse, cansarse de algo, tomarle tedio.

6. prnl. Sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones.

aburrimiento.

(De aburrir).

1. m. Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.

O sea, que si careces de estímulos, diversiones o distracciones, te tedia (¿te tedias?), te cansas y te fastidias o, lo que es lo mismo, te aburres.

Y aquí, de nuevo y como tantas veces, vuelvo a no encontrar mi lugar, en este caso, en el mundo de sus ilustrísimos los académicos y la definición que hacen de las palabras (por cierto, ¿por qué no han conjugado «tediar»?, tal vez mi amiga, alias Pica, pueda ayudar a eliminar de mi mente esta nueva y pequeña distracción. Pica, ¡¡manifiéstate e ilústranos, por favor!!). Ahora resulta que si vegeto, he de aburrirme por definición, pero si no me he aburrido ¿no he vegetado, entonces? ¡Puf!, otra distracción y un nuevo dilema.

A lo mejor, como debo de haber tenido una vida muy interesante, lo que pasa es que no la recuerdo…, tal vez olvide también las cosas que no me pasan y hacer, sencillamente, «nada» sea otra experiencia más perfectamente olvidable.

Sea que olvide el aburrimiento, o sea que me pase por el forro las definiciones de sus ilustrísimos los académicos y pueda hacer, sencillamente, nada, sin aburrirme, lo cierto es que estos nueve días me han servido para no-pensar y no-sentir o, lo que es lo mismo, recargar las baterías que nutren los pensamientos y los sentimientos y, en este curso que empieza (por fin me quité las orejas de burra, pasé de curso, cambié de centro y los lunes, a partir de ahora, serán otra cosa), poder pensar y sentir sin tener que atravesar la dura costra de demasiadascosasmalasquequemehanpasao capaz de distorsionar mis pensamientos y mis sentimientos,  y poder, de nuevo, pensar y sentir en positivo…

Control descontrolado

Posted in Uncategorized on 27/08/2009 by la7columna

Hoy he descubierto que hay alguien más en mi vida. Creía que las conocía a todas pero desde hace un tiempo la que yo creía una, ha resultado ser otra.

No la he visto todavía, pero sé que está ahí porque la escucho. La puedo oír todos los días, más por las noches; tanto, que suele no dejarme dormir haciéndose notar, a cada momento, con su insoportable presencia.

El resto estaban perfectamente inventariadas así que ¿cómo se me pudo pasar esta?, ¿cómo pude no verla?, ¿por qué no la puedo ver todavía si ya sé que es ella la que pica?

¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Cuántas más como tú hay escondidas ahí adentro?

Si algo me tiene este suceso es completamente perpleja, aturdida y, por supuesto, muy, muy molesta.

Si el control se ha descontrolado… ¿existió en algún momento?

Ilusión de control, espejismo de dominio… ¿espejismo de ilusión?

Y ¿el orden dórico? ¿Otro espejismo? Tal vez no existe, como tú… o como ella.

Te acaba de ganar el pulso, amiga, con su puño invisible (y fuerte, muy fuerte, mucho más que la química), así que no puedes convencerla para que se vaya, ni darle un puñetazo, ni aniquilarla… no, porque no la ves… pero la sientes, vaya que si la sientes. Y te ha engañado, no era la otra, la que tú creías, era ella, pero ella ¿quién es?

Definitivamente parece que voy a necesitar ayuda para encontrarla; alguien experto en sacar de su escondite a esos otros yos que se refugian, ocultos, quién sabe dónde y, desde su (¿tu?) cobardía te agreden sin que te des cuenta de que ellos son la causa; alguien que sea capaz de molestarla, de provocarla para hacerle salir de donde quiera que esté y pueda, así, tenerla de frente y, o bien hacerla mi amiga o, por el contrario, acabar con ella y desterrarla para siempre de mi subconsciente.

Ay, amiguita, me has engañado y ahora te me escapas como un pez resbaladizo entre los dedos porque no te puedo ver y no sé quién de ellas eres pero te puedo asegurar, donde quiera que estés, que acabaré contigo.

Como dice el saber popular «perder una batalla no significa perder la guerra». Acabo de encontrar a una nueva enemiga… Prepárate porque estás jodida.

La guerra ha comenzado…

lucha3

Y, querida, déjame decirte que yo también te dejaré una rosa salvaje entre los dientes… ¿Quieres bailar conmigo?

Huellas de vida

Posted in Uncategorized on 20/08/2009 by la7columna

Como cada mañana después de desayunar, se dirigió al cuarto de baño mientras se desvestía para darse una ducha y comenzar el día. Pero ese día no tenía reloj y, a cambio, tenía tiempo. Ese día estaba sola así que se detuvo frente al espejo, desnuda, y se dedicó unos minutos, o quizá fueran segundos, tal vez horas…  Quién sabe si fueron miles, millones o billones los granos que atravesaron el orificio del reloj de arena en ese momento… es igual, hemos dicho que ese día no tenía reloj.

De pie, desnuda, miró de frente y vio una mujer, madura, en la que la imperfección era un rasgo hermoso.

Sus pechos no eran los de antes, carecían de ese orgullo quinceañero y arrogante capaz de desafiarlo todo, hasta la Ley de la Gravedad; por el contrario, su pecho, sin conservar la insolencia de la juventud, mantenía el orgullo, aunque transformado con los años en un desafío continuo a la vida misma.

Y cada estría de su pecho desprendía el aroma del calostro que sirvió para alimentar vida, la de sus hijos.

Cada estría era una señal de que esos pechos, sus pechos, destilaban plenitud; se habían transformado, dos veces, habían amamantado, a dos criaturas, seguían despertando el deseo de su compañero (quién sabe si el de alguien más) y, lo más importante, a ella le gustaban, así que no necesitaban de ninguna soberbia adolescente para mostrarse, sencillamente, arrebatadores.

Su vientre no era plano, como el de los anuncios, pero revelaba la voluptuosidad de cualquiera de las tres Gracias. Su tacto, suave y esponjoso, era la llave perfecta para regresar, por algún instante, a esa paz de la que nos despojan a los seres humanos al nacer; ella se olvidaba de todo recostada en el vientre de su madre y, ahora, sus hijos disponían también de ese refugio. Su vientre no era plano, no, era pleno; con esa plenitud que proporciona haber engendrado vida, y cada centímetro ¿de más? de su vientre representaba la única magia de la que dispone el ser humano, la Magia de la Vida.

Su rostro, con esas patas de gallo tan denostadas por ella misma le revelaba, con cada una de ellas y como decía su chico, una historia vivida, una sonrisa, un llanto, una sorpresa, un miedo, una emoción… una huella de vida.

Por todo ello, cuando esa mañana se tomó su tiempo para observarse, desnuda frente al espejo, vio a una mujer con huellas de vida, una mujer que desprendía vida por cada rincón de su piel; vida vivida y aún más por vivir.

Y se vio imperfectamente hermosa, y se gustó, y se sintió muy a gusto consigo misma…

Se duchó, se vistió (ropa cómoda, por supuesto, y calzado plano) y salió a la calle dispuesta a comerse el mundo. Y pensó… Si me siento así a los 34, cómo no me sentiré a partir de los 40… Entonces pensó en su oráculo y una pícara sonrisa se dibujó en su rostro…

El día D

Posted in Uncategorized on 01/08/2009 by la7columna

Llegó sin dejar tiempo para fantasear con el momento. Sabía que tarde o temprano ocurriría pero, siendo así de inesperado, no pudo más que vivirlo improvisadamente, sin ningún aderezo racional, aunque para nada insípido.

Se encontraron seis años atrás. Ella, al principio, no disimuló sus reticencias pero, poco a poco, se dejó llevar y comenzó a darse. Había ilusión en sus ojos, entrega en su determinación, no existía ningún miedo al esfuerzo y se sentía con la misma expectación que produce andar los primeros pasos de un nuevo camino. Pasaron muchas horas juntos, incluso restadas a su propio tiempo, para estar allí y construir algo. Y dio lo mejor de sí; con ilusión, con alegría, con empeño, esfuerzo y mucho gusto.

Poco a poco, comenzó a darse cuenta de que algo no funcionaba bien y perdió el brillo en su mirada (pero de eso, no se dio cuenta hasta mucho más tarde). No es que ella fuera valiente, nadie está libre del miedo (tan democrático él), pero pudo percibir que una palabra en alto, una reflexión incómoda, allí no eran bien recibidas; no obstante, jamás dejó de expresarse, desde un respeto y unos principios que descubrió unidireccionales. Comenzó entonces el maltrato. (¿Desde cuándo asusta la diferencia?).

Los sueños rotos; añicos de ilusiones esparcidos por el suelo que pisaba cada mañana, afilados, afiladísimos, que cortaban a su paso la piel de sus pies sensibles, de su piel desnuda. A pesar de las heridas, no en vano nació en agosto y era leona, siguió caminando firme… y flexible o, como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie. Resistiré, era su lema, pero cada mañana, cuando se levantaba y se miraba en el espejo, la imagen que este ofrecía era el de una mujer cada vez más envejecida, más triste y más demacrada o, lo que es lo mismo, la imagen de una persona infeliz.

Como la mayoría de personas maltratadas, albergaba la esperanza de que la situación cambiase y, como la mayoría de personas maltratadas, estaba equivocada. Aunque en el infierno de vez en cuando sople brisa que refresque, jamás se apagará el fuego que lo hace sofocante. El infierno es y será siempre el infierno.

A la decepción y a los sueños rotos, nacidos y muertos en ella, hay que añadir las traiciones, las intrigas, las puñaladas traperas, el acoso y el castigo que recibió de manera totalmente gratuita, y sus consecuencias, el hastío, la tristeza, la depresión, la anulación, la ansiedad, el dolor, el llanto, las náuseas, la frustración y el brillo en la mirada que se fue. El sentimiento de impotencia frente a esa injusticia tan injusta, cuando quieres poder pero tú sola no puedes y, si buscas, no encuentras; cuando te calzan esa camisa de fuerza, inevitablemente, el brillo en la mirada se va y te abandona también.

Y cuando estás tan sola que ni siquiera te tienes a ti misma, de repente un día, todo se acaba (o todo comienza). Hay que tener amigos hasta en el infierno y, al responsable de ello, desde aquí se lo agradezco.

El día D es el día en que me divorcié de esa «singular» empresa.

Salí sin mirar atrás y allí lo dejé todo. Me llevo una AMIGA y un secreto y eso, vale más que cualquier maldad que haya quedado allí.

A mi amiga, mi amiga del alma, mi angelita de la guarda, me la quedo para siempre y, solo por eso, ha merecido la pena pasar allí seis años de mi ¿vida?. Gustosamente volvería a pagar el precio de un calvario así por conocerla y hacerla mía. Ella es bombera, como yo (y ambas somos de bolsillo), y juntas tratamos de apagar inútilmente el fuego de ese infierno pero, aunque no lo conseguimos (la misión, como la peli, era imposible) a más de un demonio se le helará siempre la sangre con el eco de nuestras risas, nuestros encuentros furtivos (rosarios de cuentas de seis minutos) y nuestra felicidad compartida. Amiga, amiga del alma, ahora solo deseo que tú también salgas de allí y nos convirtamos en dos  estupendas «divorciadas»  que se van de farra por ahí a ejercer sus derechos ;). Te quiero muchísimo.

Ahora comienza otra historia, de futuro incierto pero vivida con la misma expectación que produce andar los primeros pasos de un nuevo camino. Siempre he tenido, y mantengo, alma de exploradora así que el brillo en la mirada me acompaña de nuevo…

(En La séptima columna –de orden dórico- cerramos por vacaciones. No obstante, seguiremos soñando, riendo, llorando, entrando y saliendo, o sea, viviendo, para poder estar con ustedes a la vuelta y seguir compartiendo estos momentos, todos bellos por ser VIDA).

EPÍLOGO (no tiene desperdicio)

Patricia vuelve a casa con Alejandro, su hijo de 6 años. Ha pasado un día muy malo y escucha un mensaje que le han dejado en su buzón de voz. Aunque la noticia sea el mejor de los regalos que podría recibir para su cumpleaños, el vértigo que le produce la inmediatez de lo repentino le conduce al llanto.

Se sienta en un banco y, mientras su hijo juega a que es Lucke Skywalker, se suena los mocos y, cómo no, llama a su amiga del alma. Después de la conversación, se montan en el coche y regresan a casa.

Mamá va llorando delante y Ale, que ya no juega a batallas espaciales le pregunta (y aquí aclaro, para poder visualizar mejor la situación, que en ningún momento de la conversación que a continuación se reproduce, mamá para de llorar):

– Mamá, ¿te han despedido?

– Sí, hijo.

– Y eso, ¿qué es?

– Pues que, a partir de ahora, cuando te vayas de excursión en el cole, podré quedarme en la puerta a ver como subes al autobús.

– ¡Guay! ¿Y a la vuelta también?

– Sí hijo, a la vuelta también. (Recordad, sin parar de llorar, hipar y moquear mientras conduce camino a casa).

– ¡Bien!

– Y que, cuando te pongas malito, no tendré que llevarte a casa de los abuelos y te podrá cuidar mamá…

– ¿Y podemos ir a la Warner?

– Puede…

– Oye mamá…

– Dime.

– ¿A papá también le van a despedir?

Y a la mañana siguiente, era él quien me metía prisa, no fuera a llegar tarde y al final no me despidieran…

¡FELICES VACACIONES!