Cita en el Barbieri

Acudió a la cita con antelación. Quería disfrutar de la espera, saborear el momento e ir preparándose poco a poco para su llegada. Quería ser la anfitriona; de hecho, lo era, estaban en su ciudad, pero quería ser ella quien lo recibiera a él, darse esa pequeña ventaja.

Habían escogido el café Barbieri para su encuentro; bueno, en realidad lo escogió ella porque él no conocía Madrid. Siempre le había gustado el romanticismo de su decadencia. El tiempo, con sus historias, deja siempre una huella, y el Barbieri está lleno de ellas. Techos altos, pinturas descoloridas, rosarios de desconchones. Estilo. Grandes ventiladores de tres aspas, espejos casi opacos ya por todos los años de atesorar reflejos… Pronto se sumaría uno nuevo, el de ellos dos.

Se sentó en una mesa del fondo, junto a la ventana. Siempre le habían gustado los Cafés con grandes ventanales por los que mirar la calle, sobre todo en días de lluvia. Se podía pasar un tiempo, siempre indeterminado, extasiada, hechizada, viendo las gotas caer. Seguir la trayectoria de cada una por el cristal, los giros inesperados para hacerse cada vez más grandes al sumarse a otras, ganar velocidad, y caer con una rapidez ya inquebrantable, a diferencia de esas otras gotas, aisladas, estáticas, incapaces de atraer o dejarse arrastrar. ¿Qué cabe en una gota de lluvia?… Esa tarde llovía también.

Escogió La espuma de los días para compartir la espera, quizá porque ese momento y ese libro compartían el mismo aire inocente y onírico. Boris Vian lo escribió durante un viaje en tren y ella pensó que, tal vez, el día que lo hizo también llovía y él, entonces, habría podido ver las mismas gotas de lluvia en las ventanas del tren que ella, ahora, estaba mirando… e hizo una foto mental del momento. Definitivamente, había sido un acierto llegar antes de tiempo a la cita.

No solía beber alcohol pero el cuerpo le pedía un gin-tónic, así que le hizo caso y se pidió uno, pero como le gustaba a ella, con tres rodajas de limón.

Se encendió el imprescindible cigarrillo. Primera calada. Los hilos de humo, con su ascenso, dejaban una huella más de decadencia en el lugar. Otro olor. Otra presencia más. Como ella… Se salió de sí misma y le gustó tanto la estampa, que sintió que se sentía como hacía mucho tiempo. Tanto como es nunca. Durante ese momento, se olvidó de él.

—¡Hola!, ¿eres Ana?

Ella se sobresaltó, no estaba preparada para un asalto tan repentino. Cuando ni siquiera había vuelto del todo en sí misma le contestó:

—¿Miguel?

Y a la sonrisa de Miguel se unió la de Ana y, en esa mirada, se lo dijeron todo…

————————

A Miguel no le costó mucho encontrar el café. Llevaba en el bolsillo de su pantalón un planito, dibujado a mano, que ella le había enviado junto con algunas indicaciones y referencias. Metro Lavapiés (linea amarilla), calle Ave María, la de la derecha si te pones de espaldas a la plaza y al teatro Valle Inclán. En seguida, en la acera de la derecha, hace esquina…

Entró y, al momento, la reconoció. Un incierto magnetismo hizo que el primer lugar donde mirara fuera la mesa que ella había ocupado. Un vistazo rápido al resto del local y, sí, definitivamente tiene que ser ella.

Como ella, decidió también tomarse su tiempo, saborear el momento, en este caso, de ver sin ser visto. Se sentó en una esquina de la barra, se pidió una cerveza y la observó. Le gustaba cómo inclinaba la cabeza cuando dejaba el libro que estaba leyendo, abierto hacia abajo sobre la mesa, y se quedaba unos instantes mirando por la ventana. Juraría que cuenta las gotas, pensó. Y no estaba equivocado…

Le hubiera gustado quedarse más tiempo así, observándola, y maldijo haber llegado con el tiempo justo. No quería hacerla esperar. Era la primera vez que se veían.

Avanzó con paso firme pero pausado, tratando de alargar el tiempo que se tarda en recorrer unos quince metros. La perspectiva, cada vez más cercana, le ofreció la imagen de una mujer hermosa. Más de lo que había imaginado.

—¡Hola!, ¿eres Ana?

Y Ana dio un respingo. Marcó el lugar donde interrumpió la lectura doblando la esquina superior de la hoja (Me encantan los libros con huellas de vida), dejó el libro sobre la mesa y contestó:

—¿Miguel?

Y a la sonrisa de Miguel se unió la de Ana y, en esa mirada, se lo dijeron todo…

————————

Ana y Miguel ya se conocían antes de conocerse pero, cuando se conocieron,  ya no pudieron separase nunca…

(el café Barbieri es testigo de ello)

http://www.goear.com/listen/1bd4ecb/Minueto-de-Boccherini-Cuarteto-de-Cuerda—Elvira-Cardenas

5 comentarios to “Cita en el Barbieri”

  1. Anónimo Says:

    No, no es la historia en si lo que me ha gustado, sino como describes la situación y su entorno. Escribes muy bien.
    Deduzco y no creo equivocarme que aparte de tener mucha imaginación (Bendita), eres una soñadora.
    Me voy a Isla Tortuga. Me reclaman.
    Un abrazo

  2. la7columna Says:

    Me gusta que te guste, mi querido anónimo (des)conocido. La historia, precisamente, es lo que no se cuenta…
    Un abrazo desde este otro lado, donde los sueños no se han hecho todavía realidad…
    Que disfrutes de la visita y, por supuesto, de la compañía.

  3. tronqui, eres la leche!!! tu prosa describe sentimientos y situaciones a la perfección ..pero me dejaste con las ganas ¿ Prospera ? ¿ o el barbieri es de nuevo testigo de una ruptura? …continua please!!!

  4. Como iba a negarme Says:

    Me ha encantado! Que suerte que no te dediques a cuidar pepinos (ya tú sabes) y podamos disfrutarte. ;)
    Besote

  5. la7columna Says:

    Ja, ja, ja… Pues sepa usted que, además de ¿escribir?, tengo tiempo para cuidar y críar pepinos, además de hacer “chapuzas” a domicilio… Es lo que tenemos las mujeres de hoy en día, tan polifacéticas que valemos “pa´ to´”… Lo mismo cuidamos pepinos, que cambiamos un enchufe, nos hacemos la cena, ejercemos el derecho 18, o escribimos una poesía… Besos.

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