Marieta

Hola, me llamo Marieta, tengo 42 años y mi hermano me espía.

Vivo con mi madre, viuda, y mi hermano pequeño. Mi hermano mayor, el espía, vive felizmente casado en un adosado de las afueras, con su mujer, mis sobrinas y dos «fieros» labradores que custodian su hogar.

Nosotros tres vivimos también en las afueras, pero en otras afueras. Mi hermano el pequeño nunca se fue y yo, por circunstancias de la vida, me vi obligada a regresar hace tres años.

Jonás, que así se llama el pequeño, es un vividor treintañero. No sé si no se va delnido1 nido porque es muy güevón o porque adora tanto a mi madre que piensa que no va a estar mejor con nadie que con ella. Ignacio, el mayor, es la responsabilidad personificada, aunque yo creo que le vendría bien vivir alguna «irresponsable» experiencia que aflojase el nudo de la apretada corbata que lleva. Y yo, entre ellos dos, sólo puedo ser o una vividora responsable o una responsable vividora (pues ni soy treintañera ni estoy felizmente casada).

Todo comenzó a la mañana siguiente de una noche que no pasé en casa, cuando mi madre, en un almuerzo familiar (chuchos incluidos) dijo a los postres: Hija, anoche no dormiste en casa… ¿Acaso tienes un romance?     ● ● ● ─ ─ ─ ● ● ●

Del ataque de tos que me produjo, no tanto la pregunta (tierna, dulce, inocente, de mi madre) sino la mirada fisgona de mi hermano el mayor (tratando de averiguar, como siempre, si en esta ocasión iba a responder Marieta la vividora o Marieta la responsable), un pequeño trozo de avellana de la onza de chocolate que estaba saboreando en ese momento se desvió tanto de su vía de entrada (o salida), que pasó del esófago a la tráquea, salió disparada de mi nariz y cayó en el café de mi cuñada. Esta, con el sobresalto del ¡plop!, dio un manotazo sobre la mesa y la balanceó de tal manera, que la taza de café se cayó sobre el lomo de uno de sus chuchos (el más blanco, para más inri).

Pues bien, después del numerito, ya sin rastro de manchas de café sobre el lomo de Gastón (el chucho) y con mi respiración recuperada, todo volvipregunta1ó a la normalidad; eso sí, la pregunta quedó sin responder pululando por el ambiente, y puedo decir que me ahogaba casi tanto como a mi hermano el nudo de su apretada corbata.

Para poder entender mejor mi reacción, y el silencio de toda la familia, he de decir que yo, Marieta, 42 años y soltera (o «solterona» como diría Ignacio) siempre duermo en casa de mi madre (cuando vivo en casa de mi madre); es una costumbre que mantengo desde mi adolescencia, cuando el nido era mi hogar y yo no era un ave de paso.

Además, como a mi edad no me he casado, lo que sería la mayor ilusión de mi madre, y parece que también de Ignacio (sí, el del nudo), ambos aprovechan la mínima ocasión para encontrar indicios de que me voy a convertir en alguien normal, me voy a centrar y voy a sentar la cabeza. Lo que no alcanzo a entender yo es en qué medida puede influir el estado civil en el estado mental, o viceversa.

Pues bien, en este contexto, mi ausencia nocturna significó para ellos lo que corazondebe ser ver la luz al final de túnel; por fin, Marieta, parece que tiene «algo» (¿un romance?).

Desde entonces he descubierto que alguien me (per)sigue, que es una mujer y que la ha contratado mi hermano. No es que la haya descubierto por ser una mala profesional, lo que sucede es que está demasiado buena como para pasar desapercibida. Desde entonces me lo paso pipa, me gusta que me (per)siga y tenga que seguir haciéndolo, por eso, cada noche ideo una nueva estrategia para tener entretenido a mi hermano con las informaciones que mi particular ¿investigadora? le emite y, así,  la mantenga contratada.

He escogido un edificio señorial cercano al Retiro como «supuesta» morada de mi romance, así que me las paso día sí, día también, sentada en el descansillo, entre el tercero y el cuarto, el tiempo oportuno que le dé forma a mi «supuesto» encuentro; para ello he tenido que sobornar al portero que, desde entonces, me hace de confidente y hay veces que hasta me trae pastas y merendamos juntos.

Como dije antes, me considero un ave, madura, pero de paso, y nunca antes he sentido la necesidad de compartir mi vida con nadie; a lo sumo mi tiimagesempo en algunas ocasiones, porque una no deja de ser un animal y tiene sus necesidades, tanto físicas como afectivas, pero reconozco que desde que Ángela, así se llama (yo también he estado investigando), ha entrado en mi vida (o detrás de mi vida, mejor dicho) deseo que llegue cada mañana aunque sólo sea para sentir su presencia tras de mí, para aprovechar cualquier descuido y rozarla entre la multitud, o poder respirarla.

Estoy pensando que un día de estos la descubro y, como dice mi madre, le propongo un romance. No me imagino la cara de mi hermano el día en que, durante una comida familiar (con chuchos incluidos) la presente como pareja. A lo mejor, esta vez, me toca a mí escudriñarlo y es él quien se atraganta con la avellana…

Por esos días

5 comentarios to “Marieta”

  1. Como iba a negarme Says:

    Genial!!!!!

    Ansiosa estoy esperando el desenlace…..¿para cuando el próximo capítulo?

    P.D. Considerando que la detective estaba muy buena, tendrías que haber mantenido el primer nombre que la pusiste :)

  2. Como iba a negarme Says:

    Se me olvidaba: como banda sonora, por supuesto, el maestro del bombín y “El caso de la rubia platino”

    Beso gordo!!!!

  3. la7columna Says:

    ¡Hecho!

  4. Me encanta Marieta.
    Empiezan las fiestas de Chueca y desde el balcón observo como miles de rubias estupendas van de la mano de morenas cuarentonas .
    Los hermanos responsables y escudriñadores se clavan puñales cuando ven las miles de marietas que caminan orgullosas ….
    Buen comienzo ,,,,, espero ansiosa el segundo capítulo dónde espero que el AMOR TRIUNFE.
    BESOS

  5. la7columna Says:

    Cris, el amor siempre vence, es su naturaleza… Ya sabes, ¡ay amor como inmenso es el mar!

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