La extraña dama

Publicado en SI el 11/11/2009 por la7columna

Un día despertó y no sabía dónde estaba. Silencio.

Miró a su alrededor. Una habitación en penumbra, apenas iluminada por débiles rayos de luz que reflejaban minúsculas partículas de polvo suspendidas en el ambiente, como ella en ese momento, y le permitían reconocer ese espacio como desconocido, aunque extrañamente familiar.

Todavía no había dejado de flotar (como las motas de polvo), ni sus ojos se habían hecho a la penumbra, cuando le pareció ver a otra mujer en la habitación. Silencio.

No la oyó llegar, y ahora estaba sentada a su lado, a los pies de una cama que no era la suya.

Tenía el pelo largo, ligeramente despeinado, e iba descalza. Le llamó la atención la blancura de sus pies, que no parecían estar fríos, tan finos pero tan firmes; con el aspecto de unos pies que han caminado mucho (o muy poco). Debía de vestir ropas claras, puesto que dejaba traslucir un montón de colores desde el interior, como si se hubiera tragado el arco iris. ¿Pertenecería a ese lugar?

- ¿Dónde estamos?- le pregunté.

- ¿Acaso no lo sabes? Yo no puedo decírtelo pero, si quieres, puedo guiarte.

- He despertado aquí, en este lugar desconocido pero tan extrañamente familiar, como tú. ¿Es esto un sueño? ¿Un déjà vu?

- Y qué si lo es, ¿acaso importa?

- Entonces, ¿estoy muerta?

- Te estaba buscando.

- ¿A qué has venido?

- No he venido, siempre estoy por aquí.

- Y, ¿para qué estás?

- Me gustaría poder darte un beso.

- ¿Nos conocemos?

- A veces.

- ¿Eres la muerte?

- Puedo llegar a serlo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo de tal forma que pudo sentir el torrente de adrenalina circulando por sus arterias desde el pecho hasta la punta de sus pies, que, al momento, también reconoció blancos, finos y firmes. Esa extraña dama la desconcertaba, pero mentiría si dijera que no se encontraba bien a su lado. De repente, no existía el tiempo. De repente, no existía nada más que esa habitación, esa penumbra, esa cama, ella… y ella.  Y el silencio.

- ¿Sabes por qué estás aquí?

- No. Lo único que recuerdo cuando me dormí es que me estaba ahogando. A veces me falta el aire y, a veces, me pica todo. ¿Seguro que no estoy muerta?

- Es normal, se te olvida respirar y, a veces, vivir, por eso ahora tienes que aprender a hacerlo.

- ¿Me enseñarías?

- Ya sabes hacerlo.

La extraña dama la cogió, entonces, de la mano, apartó uno de los despeinados mechones que también a ella le cubrían la cara y permanecieron mirándose la una a la otra durante un tiempo indeterminado. Respirando, y en silencio, la extraña dama la besó.

La vista se hizo a la luz y pudo reconocer algo más de la sala, y de la extraña dama. Una pared era roja, olía a niños y la dama tenía un lunar en la barbilla… Se empezó a sentir mejor y, cada vez, le costaba menos respirar; una respiración, natural y profunda, que no era necesario dominar. Le gustaba ese lugar, cada vez más cercano, gracias a la compañía de esa extraña dama.

- No te vayas. Contigo puedo respirar y mi piel es suave.

- ¿No has entendido nada? Siempre estoy contigo y te conozco desde siempre; te conozco ayer, ahora y mañana, aunque no siempre podrás verme porque, entonces, no crecerías… y tampoco vivirías. Pero no olvides, es más lo que nos une que lo que nos separa.

- ¿Y si te pierdo? ¿Dónde encontrarte?

- Por el camino del Tiempo, el que se anda descalza y se camina desnuda.

- ¿Y dónde está ese camino?

- Dónde solo estás tú. Sale de ti y a ti conduce. Solo tienes que aprender a mirar. ¿Quién guía tus pasos?

- El viento… y la inercia.

- Así no te conozco, pues tus pies son firmes, como los míos. Domínalos, dirígelos, condúcelos. Siéntete. Observa, de vez en cuando, el camino; el que dejaste atrás te va preparando para el que viene, y siempre hay un momento para contemplar el horizonte, pero nunca olvides dónde estás y el paso que vas dando. Siente en gerundio, vive viviendo… Cuando seas capaz de verlo todo a la vez, podré reconocerte y me encontrarás. Recuerda, tú ya sabes cómo hacerlo.

Y, con el beso de la dama (que ya no era una extraña), descubrí que no me había perdido, y que la habitación era mi habitación…

- Por cierto, ¿quién eres?

- Soy tú.

Moldeando el tiempo

Publicado en Uncategorized el 12/10/2009 por la7columna

dali_relojes

Resulta curioso cómo el Tiempo, objetivamente constante, tic-tac, tic-tac, puede alargarse o acortarse tanto y de manera tan subjetiva; tic… … tac, … tic… … tac,  … tic… … tac, tictactictactictactictac.  Pero, aunque un segundo dure un segundo y una hora, sesenta segundos, como en el famoso cuadro de Dalí (La persistencia de la memoria, o Los relojes blandos), o como en la vida misma, pareciera que los relojes (con su tiempo) se amoldaran a nuestra propia circunstancia en formas imposibles, casi oníricas, pero que nos resultan tan familiares.

Así, quince minutos pueden hacerse aburridamente largos en la sala de espera del dentista (tic… … tac, el tiempo paaaaasaaaaaa muuuuy deeeespaaaacioooo) y, por el contrario, resultar fastidiosamente precoces en un asalto de cama (tictac, tictac, tictac, ¿ya?).

O una jornada laboral que puede parecer una vida y, cada segundo, durar un año. Pero una cena con amigos, futbolín y risas hacen que cada hora parezca un solo segundo.

Y es que, últimamente, desde que tengo más Tiempo no me da tiempo a nada. El tiempo pasa tan veloz que cuando me quiero dar cuenta, llego tarde a cualquier lado y, una vez más, el tiempo ha pasado sin que me entere.

Por alguna extraña broma de la percepción, si una está bien el tiempo no pasa, se escapa literalmente de su propia dimensión temporal y deja de ser el tiempo que conocemos; las horas ya no son horas y duran tan solo unos segundos (y esa noche de placer se transforma en una breve y placentera cabezadita). Pero si estás mal, te aburres, o necesitas que el tiempo pase deprisa, este, insubordinado y díscolo, parece que se aferrara tanto a su propia dimensión que se estrangulara a sí mismo para dejar de pasar (y el autobús tarda una eternidad de siete minutos, o el dentista no acaba nunca).

Hoy me gustaría encontrar la manera de moldear el tiempo, como los relojes de Dalí, pero al contrario de como lo percibo, que lo bueno transcurra de quedo y lo malo pase muy, pero que muy, rápido…

Mientras tanto, seguiré viviendo sin reloj.

Epílogo (Julio Cortázar. Historias de cronopios y famas. Relatos)

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Dichosos trapitos

Publicado en Uncategorized el 05/10/2009 por la7columna

Mi chico quiere transformarse en un señor. Ha renovado su armario para desterrar su eventual complejo de Ana Obregón, pero yo le digo que es suficiente con atarse los cordones de los zapatos; un señor es un señor, vista como vista.

Reconozco que a mí, alguna vez, también me ha asaltado la pesadilla/complejo de no vestirme conforme a mi edad y, de repente, me he observado en algún espejo (ajeno) y he pensado… Dios, Patricia, ¡vaya pintas llevas hoy mientras escuchaba el eco de la voz de mi madre, años atrás (o ayer mismo) diciéndome: péeeeeinate, arréeeeeglate. Como me acaban de regalar un espejo, cuando vuelva a asaltarme el dichoso complejo quiero pensar que, aun a lo Anita, seguiré saliendo a la calle vestida como me lo hayan pedido el cuerpo o las prisas (o igual salgo un día en pelotas a ver qué pasa).

En este mundo y esta época que nos ha tocado vivir no sé si desoír los consejos de mi madre es uno de los motivos por los que en el micromundo de la tiranía empresarial siempre me ha ido tan mal. Puede ser. Tengo una amiga empresaria que dice que no me contrataría en la vida, y en una ocasión (embarazada de seis meses, para más señas) un director de recursos humanos me dio el ¿inteligente? consejo de ser más femenina para ganarme a mi jefe y que este dejara de maltratarme… Y yo me pregunto: ¿Son necesarios traje y corbata, semejante facha y tales argumentos para llegar a ser director de recursos humanos de un grupo empresarial?

Y vuelvo a oír la voz de mi madre: peeeeéinate, arréeeeeglate… ¿Cuándo dejaré de oírla?

Hace unos días se publicó en la prensa una fotografía de la familia de Zapatero con Obama en Nueva York. He de reconocer que la foto de marras tiene, estéticamente, un punto cómico, sea por la pose de las góticas, por la falta de color de la misma (todo tan negro), las sonrisas de falsete o por todo a la vez, pero lo cierto es que, lo que no deja de ser una anécdota, por atrevida, divertida y ¿políticamente incorrecta? se transformó en portada de varios periódicos de tirada nacional y casi en asunto de estado. Y vuelvo a oír el eco de mi madre: peeeeéinate, arréeeeeglate, y entonces me acuerdo del jersey de Evo y, por supuesto, de que también tuvo su portada.

¿Quiere ser usted millonario?

¿En qué tipo de sociedad vivimos? (piensa antes de responder, en esta versión no existen comodines):

A) Fashion victim

B) Superficial

C) Ignorante

D) Cateta

E) Interesada

Y me pregunto, ¿acaso no van vestidas las niñas?, ¿están aseadas?, ¿saben comportarse?, ¿y expresarse?, ¿son críticas?, ¿reflexivas?, ¿educadas?, ¿leen?, ¿usan condón?… (si fueran mis hijas todo esto -y mucho más- es lo que me preguntaría y lo que me importaría).

¿Quién dicta las normas de cómo ha de vestirse y cómo no? ¿Por qué a una boda de tarde hay que vestirse de largo y a una de mañana de corto? ¿A partir de qué edad no se pueden usar calzas de rayas? ¿Por qué no hay campo sin trigo ni hortera sin pantalón amarillo?

Me gustaría saber por qué no van «adecuadamente» vestidas. ¿Cómo tendrían que haber ido? ¿Tal vez con una rebequita, sr. Copépodo, y una faldita de tablas, o mejor con un insípido traje de chaqueta?

Me gustaría saber por qué es tan importante cómo se viste la gente. ¿Tan sustancial es el trapo que lleves? Y ¿quién me dice a mí qué telilla es la correcta? Ummm, ¿cursito de protocolo? ¡Menuda y soberana gilipollez!

Le preguntaré a mi amiga por qué no quiere contratarme, si por sindicalista o por llevar calcetines de rayas… Mientras tanto, y para siempre, me quedo con la diversidad y con sentirse bien con uno mismo (eso sí, siempre que se pueda, aseadito).

No sé quien dijo una vez que lo esencial es invisible a los ojos

 

Salir de la torre

Publicado en SI el 30/09/2009 por la7columna

Definitivamente, son raras.

Sus vidas comenzaron con varios años de diferencia, concretamente ocho, o nueve, ahora no recuerdo; sin embargo, este desfase cronológico no ha sido óbice para que se encuentren… y se reconozcan.

A la señorita Amapola no le gusta el cine, y Primavera tiene alma de pija. Definitivamente, sí, son raras, más aún cuando están juntas.

La señorita Amapola, como la princesa de un cuento (que no de una peli puesto que no le gustan) anda presa en la torre de un castillo. Todos los días mira por la ventana y ve los prados verdes que se extienden hasta el horizonte para confundirse con un cielo azul, violeta o gris, según sea el día. Y todos esos días, al mirar por la ventana, guarda la imagen en su retina, cierra los ojos, y sale volando de su prisión a recorrer esos campos que ya conoce de memoria. A la vuelta, aún conserva el aroma de las lilas, o de la tierra mojada si ha llovido, pero abre los ojos y la tristeza se instala nuevamente en ellos. La señorita Amapola, la princesa de mi cuento, está triste.

Ella nació para volar, para oler y para tocar la vida con cada célula de su cuerpo, pero en su prisión no puede sino morirse un poco más cada día. El ogro malvado la quiere solo para él. Es feo, sucio, hediondo y tan, tan, chiquitito que solo a través de Amapola cautiva consigue sentirse algo más grande. Es un ogro vampiro.

Primavera la conoció cuando tenía la condicional, un día junto al río cogiendo lilas. Desde entonces comparten el aroma… y la esencia.

La señorita Amapola es de letras y Primavera de ciencias, pero aunque su alma es de pija también lo es de alquimista, así que anda buscando la manera de transmutarse y meterse en la cabeza de Amapola (no será tan difícil, al fin y al cabo somos dos flores) solo por el tiempo justo que le permita enfrentarse al ogro que la tiene paralizada y, por supuesto, tomarse un café. Mientras tanto, la visita cada mañana y, desde debajo de la torre, le canta canciones de heroínas que vencieron a su ogro-vampiro. También ha conseguido amaestrar a una gusana de ojos saltones para que repte por la pared y consiga subir, burlando la vigilancia de su ogro-vampiro, y hacerle compañía.

Pero no es suficiente…

La señorita Amapola es rubia, Primavera morena.

Han decidido hacer del castillo un tablero de juego. Tres estancias, tres armas, tres jugadores (la señorita Amapola, Primavera y el Coronel Mostaza, mitad halcón mitad humano, recientemente incorporado al dúo que ahora es trío) y una única víctima: el ogro-vampiro, que siempre muere de diferentes maneras (Srta. Amapola con el cuchillo en la torre, srta. Primavera con el candelabro en la escalera, Coronel Mostaza con la cuerda en el antro, …); los días en que la señorita Amapola no puede escapar ni con la imaginación de su cruel prisión, juegan los tres al asesinato y el tiempo se hace liviano.

La señorita Amapola está presa, Primavera conoce esa prisión.

Y entre tanta alquimia, tanto «cluedo», viaje astral, ogro para arriba, ogro para abajo, canciones de heroínas, ecos lejanos, sueños de libertad en lo alto de una torre… la princesa un día descubre que el ogro no es tan ogro ni tan vampiro, no con ella porque es grande, mucho más grande que él, así que se calza sus «letizios» y con paso firme desciende por las escaleras –toc, toc, toc-, y se detiene a la altura del antro para que él pueda verla, hermosa, poderosa… fuerte.

Ante lo inesperado de la visión, el ogro-vampiro comienza a menguar, cada vez más encogido, cada segundo más arrugado. La luz que desprende la señorita Amapola lo ciega y le hace encogerse más todavía. ¿Y esa luz? La luz es ella. Es ella cuando es más ella que nunca. El carcelero intenta, en vano, levantar su brazo para retenerla, con esas garras, antaño aniquiladoras, que ahora se han convertido en pobres muñones… resulta más patético que aterrador, pero sobre todo chiquitito. El ogro-vampiro tiene ya el tamaño de una cucaracha. Ella cada vez es más grande.

Cuando la diferencia de tamaños llega a su clímax, la señorita Amapola levanta su «letizio» derecho para dar el paso que la conduzca a su libertad, se detiene un momento a la altura del ogro-vampiro-cucaracha y, cuando todos pensamos que se va a despedir de él como estamos imaginando, no se escucha nada, ningún crujido, la señorita Amapola lo pasa por alto y abandona el castillo, dejando tras de sí el eco de sus «letizios» y un pequeño amago de cucaracha que se retuerce de ira pero que nunca, nunca, volverá a ser grande, no para ella.

¡La señorita Amapola es imprevisible!

En el prado se ha organizado un picnic. Primavera y el Coronel Mostaza ultiman los preparativos: morcilla de Aldeanueva, aceitunas y pipas. La señorita Amapola aparece a lo lejos, guapísima, pero va caminando a trompicones, ¿qué sucede? Con «letizios» por el campo se hace difícil caminar y piensan “antes muerta que sencilla”.

La señorita Amapola, la princesa de mi cuento, ya no está triste. No siempre será feliz (¿acaso existe la felicidad?) pero la tristeza de la torre en la torre quedó, custodiada por una cucaracha que acaba de descubrir el aburrimiento.

La señorita Amapola comienza un camino, su amiga Primavera estará ahí siempre «con la distancia prudencial del que viaja todo el trayecto por el carril de al lado, exactamente a la misma velocidad…».

Te quiero.

P. D. : La señorita Amapola no sabe inglés, Primavera casi lo ha olvidado, pero como me sobran las ganas, aquí va un karaoke y traducido.

I wish I knew how it would feel to be free

I wish I knew how it would feel to be free
I wish I could break all the chains holding me
I wish I could say all the things that I should say
say ‘em loud, say ‘em clear
for the whole round world to hear.

I wish I could share all the love that’s in my heart
remove all the bars that keep us apart
I wish you could know what it means to be me
Then you’d see and agree
that every man should be free.

I wish I could give all I’m longing to give
I wish I could live like I’m longing to live
I wish that I could do all the things that I can do
though I’m way over due I’d be starting a new.

Well I wish I could be like a bird in the sky
how sweet it would be if I found I could fly
Oh I’d soar to the sun and look down at the sea

and I’d sing cos I’d know that
and I’d sing cos I’d know that
and I’d sing cos I’d know that
I’d know how it feels to be free
I’d know how it feels to be free
I’d know how it feels to be free

Me gustaría saber qué se siente al ser libre

Me gustaría saber qué se siente al ser libre.
Me gustaría romper todas las cadenas que me atan.
Me gustaría decir todo lo que debo decir,
alto y claro,
para que lo oiga el mundo entero.

Me gustaría poder compartir todo el amor de mi corazón.
Quitar las barreras que nos separan.
Me gustaría que pudieras saber qué significa ser yo.
Entonces comprenderías y reconocerías
que toda persona debe ser libre.

Me gustaría poder dar todo lo que quiero dar.
Me gustaría poder vivir como anhelo vivir.
Me gustaría poder hacer todas las cosas que sé hacer
y si mi camino se retrasa, empezaré uno nuevo.

Me gustaría poder ser como un pájaro en el cielo.
Qué dulce sería si descubriera que puedo volar.
Me elevaría hacia el cielo y miraría, abajo, el mar.

Y cantaría porque sabría que
Y cantaría porque sabría que
Y cantaría porque sabría que
Sabría que se siente al ser libre
Sabría que se siente al ser libre
Sabría que se siente al ser libre.

¿Diálogo de besugos? ¿Maneras de vivir?

Publicado en SI el 21/09/2009 por la7columna

- ¡Puf! No sé por dónde empezar…

- Pues empieza por el principio.

- Sí, por el principio pero… ¿cuál de ellos?

- No sé, ¿el que acabe mejor?

- ¿El mejor final del principio?

- Sí, el mejor final del principio.

- Pero no sé los finales todavía…

- Pues empieza por el que apunte maneras.

- ¿El principio o el final?

- El principio o el final ¿qué?

- El principio, o el final que apunte maneras…

- ¡Estás imposible, ¿eh?! Pues será el principio si los finales no los sabes todavía.

- Pero eso es muy relativo, nunca se sabe lo que puede pasar; si lo malo ahora luego será bueno o si, por el contrario, lo que ahora parece mal luego irá bien…

- Pues escoge uno al azar.

- Soy de naturaleza indecisa.

- Pues rebélate, o tira una moneda al aire.

- Pero una moneda me ofrece solo dos posibilidades y yo tengo más de dos principios así que tendría que elegir dos de ellos y, como te dije antes, soy de naturaleza indecisa.

- ¿Y un dado?

- Un dado me ofrece seis.

- ¿Y no es suficiente?

- Definitivamente, no.

- ¿Y dos?

- ¿Dos qué?

- Dos daaadooos.

- ¿Doce?… tampoco.

- Doce no, dos, ¡Dioss!

- Ya, ya, dos dados… doce principios.

- Brrrr. ¡Lo tengo! Escoge el número de dados que comprenda todos tus principios.

- Umm… esto… que digo yo que… que no sé cuántos tengo.

- ¿No sabes cuántos tienes?

- No, no sé cuántos tengo.

- ¿Y cómo no lo vas a saber?

- Nunca los conté.

- Pues cuéntalos y acabamos de una vez por todas, me está entrando dolor de cabeza.

- No puedo contarlos.

- ¿Por qué?

- Porque aparecen continuamente, mientras que otros hacen lo propio y van desapareciendo también…

- ¡Pues si que eres complicada!

- ¿Complicada porque soy indecisa o indecisa porque soy complicada?

- Lo que prefieras.

- No es cuestión de preferir…

- Entonces ¿de qué es cuestión?

- De lo que sea, o complicada por indecisa o indecisa por complicada; algo será, y lo mismo me da que me da lo mismo, pero algo tendrá que ser.

- ¿Y qué fue antes, el huevo o la gallina?

- Eso mismo me pregunto yo. ¿También te complicas?

- Intento no hacerlo.

- Por eso somos amigas ¿verdad?

- Verdad, pero me levantas dolor de cabeza.

- Y tú a mí, pero te quiero.

- Yo también te quiero.

- Por cierto, ¿tú vives?

- Claro, ¿acaso no me ves y estamos hablando? ¿No irás a empezar otra vez?

- ¿Empezar a qué?

- A complicarnos.

- ¿Y si así fuera? Llevo paracetamol, para el dolor de cabeza, digo.

- Ja, ja, ja. Venga, me tomo uno y seguimos.

- Te preguntaba que si vives porque quería saber cuántos principios tienes.

- ¿Principios de qué?

- De qué va a ser, de historias.

- ¡Puf! No sé, no me había parado a pensarlo.

- ¿Y te vas a parar?

- ¿Parar a qué?

- ¿A qué va a ser?, a pensarlo.

- No sé.

- ¿Naturaleza indecisa?

- Ja, ja, ja.

- ¿Nos tomamos unas cañas?

- ¡Vale!

2 m2 (o últimamente estoy belicosa)

Publicado en NO el 03/09/2009 por la7columna

El ser humano tiene unos 2 m2 de piel y 3000 puntos nerviosos por cada cm2, lo que hace un total de 60 000 000 puntos nerviosos repartidos por la geografía  epidérmica. Un batallón bastante considerable si se desata una guerra contra una sola cabeza.

60 000 000 puntos nerviosos… o 60 000 000 soldados que forman un séquito, pero ¿de quién?, y son capaces de organizarse lo suficiente como para tenderte las más variopintas emboscadas. No se puede subestimar un órgano como la piel, el más grande del ser humano y un espejo que refleja nuestro estado de bienestar.

El soldado raso, diseminado por todo el campo de batalla ­-2 m2- y haciendo una guerra no muy devastadora a corto plazo, pero con efectos demoledores si consigue mantenerse lo suficiente como para pasar del corto al medio plazo. Va, poco a poco, horadando el terreno, con el único objetivo de llegar a los cimientos. Su estrategia es tan comedida que, cuando el adversario quiere darse cuenta, se ha extendido por los 2 m2 dejando, a su paso, 2 m2, ni uno más ni uno menos, completamente arrasados, o debilitados, para que todo duela más. ¿Su táctica? La distracción y el debilitamiento progresivo de las fuerzas del adversario; cansarlo, agotarlo, extenuarlo… hipersensibilizarlo.

La élite, u  oficiales especializados en llegar adonde los demás no pueden. Se meten debajo de las piedras, hacen trincheras que te impidan caminar, o barricadas  que  no te dejen asirte a cualquier apoyo con el fin de no perderte. Juegan al despiste y actúan a corto plazo, pero está todo tan bien organizado que lo hacen justo después de lo anterior, cuando ya estás cansada, debilitada, hipersensibilizada… Además, engañan y distraen a cualquiera que te quiera ayudar en tu batalla, incluso a los más sabios. Abren nuevos frentes para que no sepas si son una o varias las guerras que se libran en esos 2 m2 y, así, sin conocer al enemigo ¿cómo combatirlo?

Un ejército de 60 000 000 soldados, o puntos nerviosos, un campo de batalla de 2 m2, o la piel, una guerra sin tregua (¿seré yo?) o una enfermedad (¿será otra cosa?,) ¿quién puede saberlo?

Y en medio de todo eso una mente cansada y confusa que solo sabe que no puede más…

¿Hasta cuándo?

Nueve días

Publicado en Uncategorized el 31/08/2009 por la7columna

Debo de haber tenido una vida muy interesante, lo que pasa es que no la recuerdo…

De vez en cuando me vienen retales de memoria, pero muy vagos, como el sueño que se esfuerza una en recordar y, por mucho que lo haga, no consigue recomponer del todo.

Un perro verde me acaba de regalar una fantasía envuelta en un atardecer y, mi amiga del alma, me ha obsequiado con un encuentro y una preciosa cita. Espero no olvidarlas.

vegetar.

(Del lat. vegetāre).

1. intr. Dicho de una planta: Germinar, nutrirse, crecer y aumentarse. U. t. c. prnl.

2. intr. Dicho de una persona: Vivir maquinalmente con vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas.

3. intr. Disfrutar voluntariamente vida tranquila, exenta de trabajo y cuidados.

Servidora lleva nueve días vegetando al estilo de la tercera acepción del verbo, o lo que es lo mismo, con Tiempo, Tiempo y más Tiempo para hacer, sencillamente, «nada» (bonita palabra para este contexto). ¿Vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas? Así dicho [mejor dicho, escrito (o mejor escrito, escrito)] estos nueve días también se ajustan a su segunda acepción aunque, si lo pienso, estos días de hacer, sencillamente, «nada» también me han servido para nutrirme, crecer y aumentar (se me fue mi cocinero y ya no como tan rico) o, lo que es lo mismo, la primera acepción del verbo vegetar. ¿Se podría decir, pues, que he vegetado en el más amplio sentido de la palabra?

Vegetar. Estado vegetativo. Hacer nada (o casi nada).

aburrir.

(Del lat. abhorrēre).

[…]

5. prnl. Fastidiarse, cansarse de algo, tomarle tedio.

6. prnl. Sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones.

aburrimiento.

(De aburrir).

1. m. Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.

O sea, que si careces de estímulos, diversiones o distracciones, te tedia (¿te tedias?), te cansas y te fastidias o, lo que es lo mismo, te aburres.

Y aquí, de nuevo y como tantas veces, vuelvo a no encontrar mi lugar, en este caso, en el mundo de sus ilustrísimos los académicos y la definición que hacen de las palabras (por cierto, ¿por qué no han conjugado «tediar»?, tal vez mi amiga, alias Pica, pueda ayudar a eliminar de mi mente esta nueva y pequeña distracción. Pica, ¡¡manifiéstate e ilústranos, por favor!!). Ahora resulta que si vegeto, he de aburrirme por definición, pero si no me he aburrido ¿no he vegetado, entonces? ¡Puf!, otra distracción y un nuevo dilema.

A lo mejor, como debo de haber tenido una vida muy interesante, lo que pasa es que no la recuerdo…, tal vez olvide también las cosas que no me pasan y hacer, sencillamente, «nada» sea otra experiencia más perfectamente olvidable.

Sea que olvide el aburrimiento, o sea que me pase por el forro las definiciones de sus ilustrísimos los académicos y pueda hacer, sencillamente, nada, sin aburrirme, lo cierto es que estos nueve días me han servido para no-pensar y no-sentir o, lo que es lo mismo, recargar las baterías que nutren los pensamientos y los sentimientos y, en este curso que empieza (por fin me quité las orejas de burra, pasé de curso, cambié de centro y los lunes, a partir de ahora, serán otra cosa), poder pensar y sentir sin tener que atravesar la dura costra de demasiadascosasmalasquequemehanpasao capaz de distorsionar mis pensamientos y mis sentimientos,  y poder, de nuevo, pensar y sentir en positivo…

Control descontrolado

Publicado en NO el 27/08/2009 por la7columna

Hoy he descubierto que hay alguien más en mi vida. Creía que las conocía a todas pero desde hace un tiempo la que yo creía una, ha resultado ser otra.

No la he visto todavía, pero sé que está ahí porque la escucho. La puedo oír todos los días, más por las noches; tanto, que suele no dejarme dormir haciéndose notar, a cada momento, con su insoportable presencia.

El resto estaban perfectamente inventariadas así que ¿cómo se me pudo pasar esta?, ¿cómo pude no verla?, ¿por qué no la puedo ver todavía si ya sé que es ella la que pica?

¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Cuántas más como tú hay escondidas ahí adentro?

Si algo me tiene este suceso es completamente perpleja, aturdida y, por supuesto, muy, muy molesta.

Si el control se ha descontrolado… ¿existió en algún momento?

Ilusión de control, espejismo de dominio… ¿espejismo de ilusión?

Y ¿el orden dórico? ¿Otro espejismo? Tal vez no existe, como tú… o como ella.

Te acaba de ganar el pulso, amiga, con su puño invisible (y fuerte, muy fuerte, mucho más que la química), así que no puedes convencerla para que se vaya, ni darle un puñetazo, ni aniquilarla… no, porque no la ves… pero la sientes, vaya que si la sientes. Y te ha engañado, no era la otra, la que tú creías, era ella, pero ella ¿quién es?

Definitivamente parece que voy a necesitar ayuda para encontrarla; alguien experto en sacar de su escondite a esos otros yos que se refugian, ocultos, quién sabe dónde y, desde su (¿tu?) cobardía te agreden sin que te des cuenta de que ellos son la causa; alguien que sea capaz de molestarla, de provocarla para hacerle salir de donde quiera que esté y pueda, así, tenerla de frente y, o bien hacerla mi amiga o, por el contrario, acabar con ella y desterrarla para siempre de mi subconsciente.

Ay, amiguita, me has engañado y ahora te me escapas como un pez resbaladizo entre los dedos porque no te puedo ver y no sé quién de ellas eres pero te puedo asegurar, donde quiera que estés, que acabaré contigo.

Como dice el saber popular «perder una batalla no significa perder la guerra». Acabo de encontrar a una nueva enemiga… Prepárate porque estás jodida.

La guerra ha comenzado…

lucha3

Y, querida, déjame decirte que yo también te dejaré una rosa salvaje entre los dientes… ¿Quieres bailar conmigo?

Huellas de vida

Publicado en SI el 20/08/2009 por la7columna

Como cada mañana después de desayunar, se dirigió al cuarto de baño mientras se desvestía para darse una ducha y comenzar el día. Pero ese día no tenía reloj y, a cambio, tenía tiempo. Ese día estaba sola así que se detuvo frente al espejo, desnuda, y se dedicó unos minutos, o quizá fueran segundos, tal vez horas… o quién sabe si fueron miles, millones o billones los granos de arena que atravesaron el orificio del reloj durante ese momento… es igual, hemos dicho que ese día no tenía reloj.

De pie, desnuda, miró de frente y vio una mujer, madura, en la que la imperfección era un rasgo hermoso.

Sus pechos no eran los de antes, carecían de ese orgullo quinceañero y arrogante capaz de desafiarlo todo, hasta la Ley de la Gravedad; por el contrario, su pecho, sin conservar la insolencia de la juventud, mantenía el orgullo, aunque transformado con los años en un desafío continuo a la vida misma.

Y cada estría de su pecho desprendía el aroma del calostro que sirvió para criar vida, la de sus hijos.

Cada estría era una señal de que esos pechos, sus pechos, destilaban plenitud; se habían transformado, dos veces, habían amamantado, a dos criaturas, seguían despertando el deseo de su compañero (quién sabe si el de alguien más) y, lo más importante, a ella le gustaban, así que no necesitaban de ninguna soberbia adolescente para mostrarse, sencillamente, arrebatadores.

Su vientre no era plano, como el de los anuncios, pero revelaba la voluptuosidad de cualquiera de las tres Gracias. Su tacto, suave y esponjoso, era la llave perfecta para regresar, por algún instante, a esa paz de la que nos despojan a los seres humanos al nacer; ella se olvidaba de todo recostada en el vientre de su madre y, ahora, sus hijos disponían también de ese refugio. Su vientre no era plano, no, era pleno; con esa plenitud que proporciona haber engendrado vida, y cada centímetro ¿de más? de su vientre representaba la única magia de la que dispone el ser humano, la Magia de la Vida.

Su rostro, con esas patas de gallo tan denostadas por ella misma le revelaba, con cada una de ellas y como decía su chico, una historia vivida, una sonrisa, un llanto, una sorpresa, un miedo, una emoción… una huella de vida.

Por todo ello, cuando esa mañana se tomó su tiempo para observarse, desnuda frente al espejo, vio a una mujer con huellas de vida, una mujer que desprendía vida por cada rincón de su piel; vida vivida y vida por vivir.

Y se vio imperfectamente hermosa, y se gustó, y se sintió muy a gusto consigo misma…

Se duchó, se vistió (ropa cómoda, por supuesto, y calzado plano) y salió a la calle dispuesta a comerse el mundo. Y pensó… Si me siento así a los 34, cómo no me sentiré a partir de los 40… Entonces pensó en su oráculo y una pícara sonrisa se dibujó en su rostro…

El día D

Publicado en NO, SI el 01/08/2009 por la7columna

Llegó sin dejar tiempo para fantasear con el momento. Sabía que tarde o temprano ocurriría pero, siendo así de inesperado, no pudo más que vivirlo improvisadamente, sin ningún aderezo racional, aunque para nada insípido.

Se encontraron seis años atrás. Ella, al principio, no disimuló sus reticencias pero, poco a poco, se dejó llevar y comenzó a darse. Había ilusión en sus ojos, entrega en su determinación, no existía ningún miedo al esfuerzo y se sentía con la misma expectación que produce andar los primeros pasos de un nuevo camino. Pasaron muchas horas juntos, incluso restadas a su propio tiempo, para estar allí y construir algo. Y dio lo mejor de sí; con ilusión, con alegría, con empeño, esfuerzo y mucho gusto.

Poco a poco, comenzó a darse cuenta de que algo no funcionaba bien y perdió el brillo en su mirada (pero de eso, no se dio cuenta hasta mucho más tarde). No es que ella fuera valiente, nadie está libre del miedo (tan democrático él), pero pudo percibir que una palabra en alto, una reflexión incómoda, allí no eran bien recibidas; no obstante, jamás dejó de expresarse, desde un respeto y unos principios que descubrió unidireccionales. Comenzó entonces el maltrato. (¿Desde cuándo asusta la diferencia?).

Los sueños rotos; añicos de ilusiones esparcidos por el suelo que pisaba cada mañana, afilados, afiladísimos, que cortaban a su paso la piel de sus pies sensibles, de su piel desnuda. A pesar de las heridas, no en vano nació en agosto y era leona, siguió caminando firme… y flexible o, como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie. Resistiré, era su lema, pero cada mañana, cuando se levantaba y se miraba en el espejo, la imagen que este ofrecida era el de una mujer cada vez más envejecida, más triste y más demacrada o, lo que es lo mismo, una persona infeliz.

Como la mayoría de personas maltratadas, albergaba la esperanza de que la situación cambiase y, como la mayoría de personas maltratadas, estaba equivocada. Aunque en el infierno de vez en cuando sople brisa que refresque, jamás se apagará el fuego que lo hace sofocante. El infierno es y será siempre el infierno.

A la decepción y a los sueños rotos, nacidos y muertos en ella, hay que añadir las traiciones, las intrigas, las puñaladas traperas, el acoso y el castigo que recibió de manera totalmente gratuita, y sus consecuencias, el hastío, la tristeza, la depresión, la anulación, la ansiedad, el dolor, el llanto, las náuseas, la frustración y el brillo en la mirada que se fue. El sentimiento de impotencia frente a esa injusticia tan injusta, cuando quieres poder pero tú sola no puedes y, si buscas, no encuentras; cuando te calzan esa camisa de fuerza, inevitablemente, el brillo en la mirada se va y te abandona también.

Y cuando estás tan sola que ni siquiera te tienes a ti misma, de repente un día, todo se acaba (o todo comienza). Hay que tener amigos hasta en el infierno y, al responsable de ello, desde aquí se lo agradezco.

El día D es el día en que me divorcié de esa «singular» empresa.

Salí sin mirar atrás y allí lo dejé todo. Me llevo una AMIGA y un secreto y eso, vale más que cualquier maldad que haya quedado allí.

A mi amiga, mi amiga del alma, mi angelita de la guarda, me la quedo para siempre y, solo por eso, ha merecido la pena pasar allí seis años de mi ¿vida?. Gustosamente volvería a pagar el precio de un calvario así por conocerla y hacerla mía. Ella es bombera, como yo (y ambas somos de bolsillo), y juntas tratamos de apagar inútilmente el fuego de ese infierno pero, aunque no lo conseguimos (la misión, como la peli, era imposible) a más de un demonio se le helará siempre la sangre con el eco de nuestras risas, nuestros encuentros furtivos (rosarios de cuentas de seis minutos) y nuestra felicidad compartida. Amiga, amiga del alma, ahora solo deseo que tú también salgas de allí y nos convirtamos en dos  estupendas «divorciadas»  que se van de farra por ahí a ejercer sus derechos ;) . Te quiero muchísimo.

Ahora comienza otra historia, de futuro incierto pero vivida con la misma expectación que produce andar los primeros pasos de un nuevo camino. Siempre he tenido, y mantengo, alma de exploradora así que el brillo en la mirada me acompaña de nuevo…

(En La séptima columna –de orden dórico- cerramos por vacaciones. No obstante, seguiremos soñando, riendo, llorando, entrando y saliendo, o sea, viviendo, para poder estar con ustedes a la vuelta y seguir compartiendo estos momentos, todos bellos por ser VIDA).

EPÍLOGO (no tiene desperdicio)

Patricia vuelve a casa con Alejandro, su hijo de 6 años. Ha pasado un día muy malo y escucha un mensaje que le han dejado en su buzón de voz. Aunque la noticia sea el mejor de los regalos que podría recibir para su cumpleaños, el vértigo que le produce la inmediatez de lo repentino le conduce al llanto.

Se sienta en un banco y, mientras su hijo juega a que es Lucke Skywalker, se suena los mocos y, cómo no, llama a su amiga del alma. Después de la conversación, se montan en el coche y regresan a casa.

Mamá va llorando delante y Ale, que ya no juega a batallas espaciales le pregunta (y aquí aclaro, para poder visualizar mejor la situación, que en ningún momento de la conversación que a continuación se reproduce, mamá para de llorar):

- Mamá, ¿te han despedido?

- Sí, hijo.

- Y eso, ¿qué es?

- Pues que, a partir de ahora, cuando te vayas de excursión en el cole, podré quedarme en la puerta a ver como subes al autobús.

- ¡Guay! ¿Y a la vuelta también?

- Sí hijo, a la vuelta también. (Recordad, sin parar de llorar, hipar y moquear mientras conduce camino a casa).

- ¡Bien!

- Y que, cuando te pongas malito, no tendré que llevarte a casa de los abuelos y te podrá cuidar mamá…

- ¿Y podemos ir a la Warner?

- Puede…

- Oye mamá…

- Dime.

- ¿A papá también le van a despedir?

Y a la mañana siguiente, era él quien me metía prisa, no fuera a llegar tarde y al final no me despidieran…

¡FELICES VACACIONES!


Lucha

Publicado en NO el 28/07/2009 por la7columna

¿Cómo luchar contra una misma cuando el campo de batalla es la piel?

Si se envenena la sangre, con el enemigo dentro, se puede sentir cómo, a cada paso de las tropas, al adversario, o sea, a una misma, comienza a picarle todo tanto que no puede sino rascarse, una y otra vez; cada vez más fuerte y con más ansia, en un intento inútil de liberarse del veneno inoculado, o sea, de una misma, a través de la sangre que empieza a brotar.

Pero el dolor no alivia, tampoco la sangre purifica, así que la batalla se transforma en una espiral que va del placer al dolor, del placer al dolor, del placer al dolor… hasta que se termina transformando, únicamente, en un círculo de dolor, y lesión, y (auto)destrucción, que arrasa el campo de batalla, o sea, una misma.

Al final, un cuerpo destrozado, lleno de heridas, costras y cicatrices que recuerdan la batalla perdida, y la mente exhausta, incapaz de recordar ya el origen de la contienda pero sintiendo, todavía, el mismo dolor (y picor) tan insoportable…

La piel, como el algodón del anuncio, no engaña. Y si te estás desgarrando por fuera, algo turbio debes tener dentro; sea algún tipo de parásito inoportuno, o sea que te ha(s) tendido una emboscada, el campo de batalla no era la piel, era la trampa, y la guerra se está librando en el interior; o tal vez sea que tú eres tu propio parásito y te envenenas, confundes y agredes a ti misma… De cualquiera de las maneras, estás perdida…

(Patricia contra Patricia)

Y la guerra, como siempre, carece de música,

bueno sí, voy a preguntarme, en esta contienda,

¿dónde está mi mente?

Cita en el Barbieri

Publicado en SI el 24/07/2009 por la7columna

Acudió a la cita con antelación. Quería disfrutar de la espera, saborear el momento e ir preparándose poco a poco para su llegada. Quería ser la anfitriona; de hecho, lo era, estaban en su ciudad, pero quería ser ella quien lo recibiera a él, darse esa pequeña ventaja.

Habían escogido el café Barbieri para su encuentro; bueno, en realidad lo escogió ella porque él no conocía Madrid. Siempre le había gustado el romanticismo de su decadencia. El tiempo, con sus historias, deja siempre una huella, y el Barbieri está lleno de ellas. Techos altos, pinturas descoloridas, rosarios de desconchones. Estilo. Grandes ventiladores de tres aspas, espejos casi opacos ya por todos los años de atesorar reflejos… Pronto se sumaría uno nuevo, el de ellos dos.

Se sentó en una mesa del fondo, junto a la ventana. Siempre le habían gustado los Cafés con grandes ventanales por los que mirar la calle, sobre todo en días de lluvia. Se podía pasar un tiempo, siempre indeterminado, extasiada, hechizada, viendo las gotas caer. Seguir la trayectoria de cada una por el cristal, los giros inesperados para hacerse cada vez más grandes al sumarse a otras, ganar velocidad, y caer con una rapidez ya inquebrantable, a diferencia de esas otras gotas, aisladas, estáticas, incapaces de atraer o dejarse arrastrar. ¿Qué cabe en una gota de lluvia?… Esa tarde llovía también.

Escogió La espuma de los días para compartir la espera, quizá porque ese momento y ese libro compartían el mismo aire inocente y onírico. Boris Vian lo escribió durante un viaje en tren y ella pensó que, tal vez, el día que lo hizo también llovía y él, entonces, habría podido ver las mismas gotas de lluvia en las ventanas del tren que ella, ahora, estaba mirando… e hizo una foto mental del momento. Definitivamente, había sido un acierto llegar antes de tiempo a la cita.

No solía beber alcohol pero el cuerpo le pedía un gin-tónic, así que le hizo caso y se pidió uno, pero como le gustaba a ella, con tres rodajas de limón.

Se encendió el imprescindible cigarrillo. Primera calada. Los hilos de humo, con su ascenso, dejaban una huella más de decadencia en el lugar. Otro olor. Otra presencia más. Como ella… Se salió de sí misma y le gustó tanto la estampa, que sintió que se sentía como hacía mucho tiempo. Tanto como es nunca. Durante ese momento, se olvidó de él.

—¡Hola!, ¿eres Ana?

Ella se sobresaltó, no estaba preparada para un asalto tan repentino. Cuando ni siquiera había vuelto del todo en sí misma le contestó:

—¿Miguel?

Y a la sonrisa de Miguel se unió la de Ana y, en esa mirada, se lo dijeron todo…

————————

A Miguel no le costó mucho encontrar el café. Llevaba en el bolsillo de su pantalón un planito, dibujado a mano, que ella le había enviado junto con algunas indicaciones y referencias. Metro Lavapiés (línea amarilla), calle Ave María, la de la derecha si te pones de espaldas a la plaza y al teatro Valle Inclán. En seguida, en la acera de la derecha, hace esquina…

Entró y, al momento, la reconoció. Un incierto magnetismo hizo que el primer lugar donde mirara fuera la mesa que ella había ocupado. Un vistazo rápido al resto del local y, sí, definitivamente tiene que ser ella.

Como ella, decidió también tomarse su tiempo, saborear el momento, en este caso, de ver sin ser visto. Se sentó en una esquina de la barra, se pidió una cerveza y la observó. Le gustaba cómo inclinaba la cabeza cuando dejaba el libro que estaba leyendo, abierto hacia abajo sobre la mesa, y se quedaba unos instantes mirando por la ventana. Juraría que cuenta las gotas, pensó. Y no estaba equivocado…

Le hubiera gustado quedarse más tiempo así, observándola, y maldijo haber llegado con el tiempo justo. No quería hacerla esperar. Era la primera vez que se veían.

Avanzó con paso firme pero pausado, tratando de alargar el tiempo que se tarda en recorrer unos quince metros. La perspectiva, cada vez más cercana, le ofreció la imagen de una mujer hermosa. Más de lo que había imaginado.

—¡Hola!, ¿eres Ana?

Y Ana dio un respingo. Marcó el lugar donde interrumpió la lectura doblando la esquina superior de la hoja (Me encantan los libros con huellas de vida), dejó el libro sobre la mesa y contestó:

—¿Miguel?

Y a la sonrisa de Miguel se unió la de Ana y, en esa mirada, se lo dijeron todo…

————————

Ana y Miguel ya se conocían antes de conocerse pero, cuando se conocieron,  ya no pudieron separase nunca…

(el café Barbieri es testigo de ello)

 

http://www.goear.com/listen/1bd4ecb/Minueto-de-Boccherini-Cuarteto-de-Cuerda—Elvira-Cardenas

Cuarto y mitad de egoísmo

Publicado en NO el 22/07/2009 por la7columna

Camarero, póngame cuarto y mitad de egoísmo… Y este es el menú que el camarero le trajo:

- Entrante: sorbete de lágrimas

- Primer plato: ensalada de hipos y llantos

- Segundo plato: estofado de tristeza con salsa agridulce

- Postre: soufleé de dolor de cabeza y mocos

(pan, vino y café)

La peculiaridad del restaurante al que acudió aquella noche a por su ración de cuarto y mitad de egoísmo, es que sus recetas se preparan con la materia prima del propio comensal, por lo que el sitio resultaba ideal para ella y para ese momento.

Llegó pronto, pues quería disfrutar sin prisas de «su» cena y, aunque era un garito poco concurrido, siempre podía pasar que un grupo de despistados apareciesen sin saber adónde acudían, estropeando, con su presencia, la digestión de tan particular menú.

El camarero ya la conocía, puesto que muchas noches cenaba allí. Venía siempre sola, y saboreaba los platos con una cadencia que el camarero pocas veces había observado en otras personas. Por ello, y por sus buenas propinas, era fácil acordarse de ella.

Empezó con los entrantes; el sorbete, como siempre, exquisito. Las sales minerales eran capaces de proporcionar el estómago adecuado para esa digestión tan peculiar. En seguida, el primer plato, sin haber terminado el anterior (¡siempre pasaba lo mismo!). Entre el primero y el segundo, como siempre, el espacio de tiempo suficiente para dejar el vacío necesario y poder digerir el plato principal. Y el postre, como siempre también, lo que peor le sentaba.

Dejó el dinero sobre la mesa, no era necesario pedirle la cuenta al camarero, puesto que sabía de antemano el precio del menú. Se levantó lentamente, dejó la servilleta (mojada) sobre la mesa y, con una tímida sonrisa, se despidió y salió del local sin mirar para atrás.

El camarero, que la conocía, pensó para sus adentros: Como siempre, se cree que no va a volver y lo que todavía no sabe, es que esa mesa es su mesa, y ese menú, su menú, de hecho, este sitio existe solo por, y para ella…

(Lo que no sabe ese camarero, que tanto me conoce, es que si no miro para atrás es, precisamente, porque no necesito guardar ninguna imagen, porque sé que voy a volver, porque quiero que mis lágrimas sean todas para mí, mi tristeza solo mía, mis llantos los escuche solo yo y nadie más me suene los mocos. Soy egoísta, sí, egoísta de cuarto y mitad, exactamente lo que pesa la tristeza en mi interior).

¡Felicidades!

Publicado en SI el 20/07/2009 por la7columna

Soy una persona afortunada.

Conozco a una mujer que existe en mi vida desde hace tiempo; concretamente, desde antes de que yo naciera.

Y aunque, por una broma de la genética, no nos parecemos mucho, compartimos algo mucho más fuerte que las Leyes de Mendel, compartimos la esencia, a través de un hilo invisible pero indestructible.

Es una mujer fuerte, como el orden dórico que querría yo ser,

Es una mujer positiva, capaz de transformarlo todo en una enseñanza,

Es una mujer inteligente, capaz de ver más allá de lo obvio,

Es una mujer culta, capaz de enriquecerte en cualquier conversación,

Es una mujer generosa, entregada a los que ama,

Es una mujer hermosa, muy hermosa…

Una persona que, por todo ello, ha sido, es y será siempre un modelo para mí.

Una persona que merece mucho más de lo que tiene y, aun así, conserva intacta una vitalidad y una alegría que, generosamente, comparte con todos nosotros.

Ha sido un potenciador cuando era pequeña, la guía en mi adolescencia y el muro de contención en mi adultez.

Y siempre, siempre,  es mi refugio… o ese lugar donde una puede volverse chiquitita, tenga la edad que tenga, y sentirse a salvo.

Con ella he aprendido a ser como soy y, sin ella, no sería nada.

Soy una persona afortunada por tener la madre que tengo, y solo espero que, en esta vida, pueda devolverla algún día la mitad de lo que, de ella, he recibido.

¡Muchas felicidades, mami! Te quiero y te deseo toda la felicidad que te mereces hoy, y todos los días.

Te regalo una canción que, tiempo atrás, me regalaste tú a mí, arrancándome todas las lágrimas que necesitaba llorar.

Un beso.

http://www.goear.com/listen/95308be/Por-ti-Ella-baila-sola

¿«Very Important People»?

Publicado en NO el 13/07/2009 por la7columna

Recientemente he descubierto que, si quiero, puedo convertirme fácilmente en una persona VIP o, en palabras de la RAE, en una persona que recibe un trato especial en ciertos lugares públicos por ser famosa o socialmente relevante. Eso es, como famosa no soy, puedo convertirme en alguien socialmente relevante y recibir un trato especial en ciertos lugares públicos, y os preguntaréis:

Para eso, ¿qué se necesita? Pues qué va a ser, a un «poderoso caballero». Parece ser que el dinero ya te permite recibir ese trato especial en lugares más allá de la clase bussines, se ha ¿socializado? hasta traspasar lo de ciertos lugares públicos y ahora resulta necesario establecer esa diferencia para poder sentirnos especiales, precisamente, en cualquier lugar porque, si el trato especial se conviertiera en un bien «igualitario» y se ofreciera a todo el mundo por igual, dejaría entonces de existir el concepto y, entonces, todos seríamos iguales y, la igualdad, parece ser que no mola para unos y, por supuesto, no es rentable para otros.

Y ahora os preguntaréis:  ¿cuáles son esos lugares públicos?

En el cine tengo la posibilidad de, por tan solo ¡1.20 € más!, sentarme en una butaca vip y convertirme durante dos horas en una persona que recibe un trato especial. Pero ¿cómo son esas butacas? Realmente son las mismas de siempre, pero alguna mente muy, pero que muy, lúcida y preclara, ha considerado que si en una sala de 11 filas, de la fila 8 a la 11 se ve mejor la pantalla, se podría pagar más por sentarse donde siempre y convertir a un simple «alguien» en «alguien vip» por sentarse en ellas; aunque sean las de siempre, en la misma sala y con la misma película. Eso sí, al iluminado no se le ha ocurrido bajar el precio, por ejemplo, de las fila 1 a la 4, o de los laterales, y con ello, evitar el insulto a la inteligencia que supone la tomadura de pelo de su propuesta.

En el parque Warner tengo la posibilidad de, por tan solo ¡20 € más!, adquirir mi entrada «correcaminos» (si no se han agotado) y no tener que esperar cola. Me ponen una pulserita de otro color para diferenciarme del resto y, mientras veo las colas que guardan los «alguien» que han pagado solo 37 €, paso a su ladito sintiéndome muy, pero que muy, «vip». Yo pago más y paso antes, ellos pagan lo de siempre pero esperan más (en este caso al iluminado -primo hermano del anterior- tampoco se le ha ocurrido bajar el precio de la entrada normal, en la misma medida en que se disminuye la calidad del servicio que ofrecen al aumentar el tiempo de espera).

Además, como (pagando el suplemento correspondiente) también puedo aparcar el coche más cerca de la entrada, en el aparcamiento vip, puedo entonces convertirme en alguien vip total.

Y ahora os preguntaréis: y todo eso ¿para qué?

En definitiva, que con una vida gris y mediocre, asfixiados por la hipoteca pero con casa en propiedad, coche nuevo y tele de plasma, tres de los pilares sin los cuales un ciudadano de aquí y de hoy no sería nada ¿?, podemos además, pagar más por lo mismo pero sentirnos vip;

O que somos, definitivamente, la clase de gilipollas enajenados que el sistema necesita para poder mantenerse y mantener los privilegios de otros que no son estos «vip» de los que hablamos…

¡Qué bien pensado está todo! y, desde luego, ¡cómo tragamos!

¿Cuánto gana quien gana vendiéndonos el aire?

¿Qué ganamos nosotros?

¿Qué pierden los demás? ¿Qué perdemos todos?

En fin, que tenemos lo que nos merecemos…